martes, 5 de mayo de 2015
martes, 9 de diciembre de 2014
LOS CRÍMENES SIMPLES / Johanna Lozoya
Un mundo desamparado por los dioses
comentarios sobre la novela
Johanna Lozoya (2014), Los crímenes simples, Chile, Ceibo Ediciones.
diciembre 2014
por Ernesto Alcocer
Que gusto estar celebrando con
ustedes en la fiesta del libro más importante de habla hispana, la nueva novela
de Johanna Lozoya, Los crímenes simples y también celebrando juntos la cultura,
que es lo único que nos puede salvar de la barbarie de Ayotzinapa, de Tlatlaya
y de muchas otras historias trágicas que se viven en este país.
En esta que es su segunda novela,
Johanna Lozoya nos conduce por un arriesgado andamiaje narrativo que construye
con la paciencia y meticulosidad de una sofisticada relojera. Mezcla el
espionaje al más puro estilo de la KGB Sóviet, con originales descripciones de
escenografías y paisajes, de selvas tropicales y techos estucados con alto-relieves
de aves y motivos marinos que sirven como telón de fondo a un viaje que va
desde finales del siglo XIX, hasta la violenta y cruel realidad que nos está
tocando vivir.
Los crímenes simples es una
historia tremendamente actual, que explora lo incomprensible que es vivir
atrapado en una geografía, temporal y espacial, donde intentan convivir los
seres prácticos con los seres contagiados por el síndrome de Verlust.
Según nos podemos enterar en esta
segunda novela de Johanna Lozoya, los síntomas de este extraño síndrome, que en
alemán significa pérdida, fueron descritos hace décadas en un texto médico
sobre hipnotismo experimental y terapéutico, donde se afirma que, éste mal,
produce seres con desorientación crónica que, además, se encuentran sometidos a
una intoxicación onírica severa. Quien lo tiene –continuamos sabiendo conforme
avanzamos en nuestra lectura-, aprende a flotar en ensoñaciones, a viajar en
ellas, a perderse, e incluso a reconocerlas a simple vista entre los muchos
emponzoñamientos que habitan en el entorno… Yo me pregunto, les pregunto, ¿alguno de ustedes, asistentes
a la FIL, se siente identificado con este tipo de afección…? ¿Alguno de
ustedes, acaso, ha sentido aunque sea una sola vez en su vida, que después de
mucho tiempo de sufrir una dolorosa resistencia al olvido, las ensoñaciones le
conducen a un estado de ánimo deplorable e irreversible…? Pues yo les voy a
revelar algo sorprendente: si eso les ha pasado, lo más probable es que
ustedes, han sido irremediablemente contagiados por el síndrome de Verlust.
Mickey, nuestro principal
narrador en Los crímenes simples, junto con Leónidas, ha observado que quien
tiene el padecimiento, siente lo que es vivir en un estado perpetuo de visión y
le da por hacer actos de amor y compasión, y también afirma que, lo más
desconcertante de todo, es verse atrapado por una incontenible profusión a los
deseos.
Pero si por casualidad son
ustedes de los que sufren esta dolencia, no se sientan culpables por eso.
Gracias a Los crímenes simples nos hemos podido enterar que el romántico
ilustrado Anasim Kramskov, ahora mundialmente conocido como autor de las afamadas
notas húngaras, vivió y lo más seguro es que también murió bajo el capelo de
esa narcotizante enfermedad. Otra de las cosas de las que igualmente nos hemos
podido enterar por la novela de Johanna Lozoya, es que el gran duque de Rusia,
Pavel Petrovich, aquella lejana tarde de 1784 en que viajaba en su carruaje por
las calles de san Petersburgo con el extraordinario y único gabinete Roentgen a
cuestas, ya sufría las características ensoñaciones propias de ese trastorno, que,
por cierto, también producen un alejamiento de la realidad y, a la larga,
hastío, locura y desencanto. Según el testimonio que encontramos en esta
historia, podemos suponer que fue por el mal de Verlust que el Duque se
encontraba con la vista un poco perdida, mirando a través de la ventana de su
carruaje, cuando pasaron junto a aquella fábrica que tenía un árbol al frente
donde colgaba de una soga un hombre. Ante aquel cuerpo suspendido, lo que único
que pudo percibir nuestro trágico Pavel Petrovich, fue una espigada figura que
oscilaba lentamente mecida por los vientos nocturnos. ¿Se lo imaginan…?
Por fortuna, gracias al Conde N
que lo acompañaba en ese momento, tenemos noticias que ante aquella visión,
nuestro Duque apartó lentamente la mirada, y que su rostro, mudado frente a la
vista del cadáver, parecía aún más desencajado de lo habitual en el momento en
que se preguntó: ¿qué crimen habrá cometido ese hombre?
Pero no vayan a pensar que todos
los personajes que aparecen en esta excepcional novela están atrapados en el
síndrome de Verlust, no…, también existen otros como Elisa Barón, la pragmática
y calculadora cabeza de Visión Enigma, una importante agencia de noticias que
acaba de hacerse de un decodificador internacional que promete obtener
cualquier tipo de información; o Lenin Ramos, el hombre que transita, al
parecer sin demasiada dificultad, de la Rusia soviética de los años sesenta, al
capitalizmo -con zeta- rapaz de nuestros días.
Este personaje, Lenin Ramos
–nombre ruso, apellido hispanoamericano-, desde que era estudiante en la universidad
de Moscú a principios de los años sesenta, adquiere la conciencia de que su
inclinación a la practicidad le va a impedir tener acceso a un lado del mundo
que intuye más completo e interesante que el suyo. Lo sospecha porque lo ha
podido vislumbrar en su admirado maestro y mentor, el matemático Anasim
Kramskov, creador de las Nota húngaras y al mismo tiempo poseedor de la llave
que abre la puerta a la extraordinaria sabiduría que contiene el ambicionado
Gabinete Roentgen. ¿Se pueden
imaginar lo que se siente aspirar a ser otro al que admiran y al mismo tiempo
tener la consciencia de la imposibilidad de conseguirlo…? ¿Pueden suponer los
efectos que esa tremenda frustración puede causar en alguien, a lo largo del
tiempo? Pues ese es Lenin Ramos.
Desviándome un poco de lo anterior,
déjenme detenerme un momento para explicarles por qué, aún en nuestros tiempos
cibernéticos, ese legendario gabinete Roentgen es tan magnífico e irrepetible.
Como la mayoría de las cosas y personas preciosas de este mundo, casi desde el
inicio de su creaciòn ese mueble tan especial fue ambicionado, robado y
desmembrado. Por causa de él fue asesinado el gran duque de Rusia, Pavel
Petrovich, y también por saber sus secretos fue perseguido y juzgado nuestro
entrañable Anasim Kramskov, y ya en este siglo, por su influjo, traicionaron y
asesinaron a tiro de metralla a la gran Elisa Barón –algunos testigos afirman
que sus piernas quedaron como dos hilos de sangre, y que cuando eso sucedió
Leónidas estaba a cargo de su cuidado, y que pudo mirar sus ojos moribundos, y
que estuvo viendo con una desesperante pasividad como su jefa movía ligeramente
los labios en esos últimos momentos…, y que al final la escuchó escupir una
suerte de silbido y un borbotón de sangre. ¿Ya les va sonando familiar la
historia?
Pero ya me volví a desviar. No
entiendo cómo fue que acabé contándoles de la violenta muerte de Elisa Barón,
cuando apenas empezaba a explicarles en que consiste el Gabinete de Roentgen.
Vuelvo al tema. Citando a
wikipedia: El gabinete Roentgen es una máquina ilustrada construida en Alemania
en 1783 por David Roentgen, ebanista de una pequeña villa, para la corte
imperial rusa. También se explica en esta misma fuente que el gabinete guardaba
en sus entrañas un finísimo mecanismo de relojería que activaba complejos
engranajes, múltiples tabletas, y era un ingenioso ordenador de datos, de sus
causas y de sus efectos, al servicio del juicio imparcial frente a los más
básicos y complejos actos humanos, entre ellos los crímenes, que motivados por
el deseo o por el olvido, son los más simples de cometer entre los hombres.
En pocas palabras, el gabinete
Roentgen es una suerte de imparcial juzgador moral. ¿Cuánto nos haría falta en
este momento en México y el mundo tener un gabinete así para poder dormir en
paz? ¿No les parece?
Según datos recopilados en el
libro Los crímenes simples, el valioso mueble desapareció por décadas. En
tiempos de la guerra fría la KGB dedicó innumerables recursos a encontrar su
paradero. Fuentes no identificadas subrayan que el matemático ruso Anasim
Kramskov confiesa haber localizado su cascarón en 1956, en una tienda de antigüedades
de Pest, pero que para entonces ya estaba convertido en un cascarón. También se
ha llegado a saber que en sus entrañas de caoba, estaba grabada la palabra Verlust, como si se tratara de una clave
volátil o una llave.
No sé si he logrado transmitirles
la fascinación que me produjo leer esta interesante novela de Johanna Lozoya. Espero,
con esta breve lectura haber conseguido hacerles entrar aunque sea un poco al
mundo tan original y enigmático de Los crímenes simples, y espero también que
lo compren y lo lean. Les prometo
que al final va a quedar una sensación de haber conocido la ciudad gótica de
Batman y la selva tropical donde anida la araña roja lo mismo que las mafias; y
de haber visitado un antiguo palacio húngaro convertido en tienda de
antigüedades, viajado en un carruaje que da tumbos por las decimonónicas calles
del San Petersburgo y muchas cosas más, que no se las quiero contar pero que
los van a traer esas ensoñaciones que vienen en las primeras etapas de contagio
del síndrome Verlust.
Muchas gracias
lunes, 1 de diciembre de 2014
domingo, 27 de abril de 2014
jueves, 17 de noviembre de 2011
NADINE GORDIMER
"Lorrie no quería que yo fuera y no sabía cómo decirlo. Debido a mi trabajo, los dos hemos vivido en varias partes del mundo, y en cada una de ellas siempre ha habido algo que temer. Gángsters, grupos políticos extremistas de derecha y de izquierda, lanzamientos de bombas en restaurantes, secuestros, atracos, un apagón urbano o un temblor de tierra. Hace mucho tiempo que ambos hicimos un pacto con nosotros mismos, respecto a la vida. La vida es peligrosa. Hemos vivido con eso; con la certeza de que el miedo es el único asesino real. Nunca hemos recurrido a rejas de acero en nuestras puertas ni hemos tenido miedo a caminar por las aceras. Hemos conseguido criar libres a nuestros hijos; con las naturales preocupaciones. Pero en los últimos meses había habido una serie de accidentes aéreos bastante inesperados: un error del piloto, carencia del control de radar debido a la huelga del personal de tierra, la posibilidad de la presencia de un pasajero a bordo con la espada de Damocles no sobre su cabeza sino en forma de explosivos ocultos en la suela del zapato. ¿Quien tiene la caja negra definitiva que registre todo eso? Y tan sólo una semana antes, dos personas murieron en un tiroteo mientras hacían cola para facturar su equipaje en el mostrador de unas líneas aéreas. Por lo general la noche antes de marcharme hacemos el amor, por la mañana doy un beso a los niños y todos aceptamos con naturalidad que hablaremos por teléfono en el momento en que me permitan usar mi móvil en la terminal, a mi llegada. Que hablaré con Lorrie, por lo menos, aunque sea de noche para ella y para mí de día. Se ha convertido en una costumbre tan arraigada como la de ir todos los días a la oficina de la empresa para la que trabajo. - ¿Por qué has dejado que Isa reservara billetes en esa compañía?
Lorrie sabe que mi secretaria organiza mis viajes con una eficiencia perfecta.
- ¿Por qué no iba a hacerlo? Está muy claro. Es la mejor compañía para llevarme a donde tengo que ir.
- Pero ese país pertenece a... Entre todos los conflictos que ... Justo en estos días.
- Por el amor de Dios, sabes cómo son las medidas de seguridad justo en estos días. De todas maneras, las aerolíneas de ese país no están metidas en ninguna guerra entre India y Pakistán, Israel, Palestina... , o lo que se te ocurra. ¿Desde cuándo nos ha entrado el miedo a volar, querida? - dije citando (si la memoria no me engaña) el título de un libro que habíamos leído en tiempos.
- No es eso, no es nada que tú, ... que nosotros sepamos.
Pero ha captado lo que yo estaba diciéndole en realidad: ¿desde cuándo hemos de representar la aburrida escena convencional de la esposa cuando el maridito se va de viaje, desde cuándo temblamos de miedo, tú y yo, delante de la vida tal como es?
Y entonces dice algo con esa forma suya ( uno de los motivos por los que la amo) de descartar de un plumazo mi paternalista insinuación de que se está comportando como una esposa convencional.
- Nunca sabes de quién eres enemigo.
- ¿De qué estás hablando? No soy enemigo de nadie.
- Al subir a un avión te conviertes en uno. La insignia de la aerolínea está pintada en la cola. El logotipo de su nacionalidad. ..."
Nadine Gordimer, "Medidas de seguridad", en Beethoven tenía algo de negro, Barcelona, Brugera, 2007.
....
"Hubo un tiempo en que había negros que querían reivindicarse como blancos. Ahora es un blanco quien se reivindica como negro. Y por las mismas razones", escribe Nadine Gordimer en Beethoven tenía algo de negro, el cuento que da título a este volumen en el que la escritora sudafricana, galardonada con el premio Nobel en 1991, presenta una serie de historias cuyos protagonistas viven inmersos en los problemas y contradicciones del mundo actual. Con fino sentido del humor y profundidad humana, Gordimer logra dar forma al ámbito personal y político alrededor del que giran las tramas de estos cuentos escritos con pasión y sabiduría".
martes, 9 de agosto de 2011
miércoles, 29 de junio de 2011
domingo, 12 de junio de 2011
jueves, 24 de marzo de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
Desde el mar...
| San Antonio, Valdivia |
Era una pequeña caja de madera. Apenas un poco más grande que los jugueteros regalados por Tante Katerine cuando los niños de la familia enfermaban de peste cristal. La caja fue transportada desde el muelle de Valdivia a la intendencia de Pelchuquín por Albert Thater, quien llegó con ésta en su Ford Roadster rompiendo con el toldo las ramas de los árboles y tocando escandalosamente la bocina. El sol del mediodía calentaba las cuadras, el gallinero y parte de la huerta. La brisa se enroscaba entre los álamos del camino y sobre las aguas del río en donde flotaban unos patos adormilados. Al escuchar el automóvil por el camino de los aromos, Félix se apresuró a salir a la terraza y olvidó el saco en la percha. Era tanto el calor que la etiqueta berlinesa bien podía relajarse en el verano chileno. Cuando el viejo Albert le saludó solemne con un fuerte choque de tacones, Félix intuyó que el hombre era portador de una noticia formidable. El visitante entró al salón, y Guacolda, quien le había visto llegar desde una ventana de la cocina, le ofreció una silla. Carlos Kätz, un primo lejano, acercó a su lado la suya. Félix cerró las puertas del salón y dejó abierta de par en par la ventanería de la terraza trasera a través de la cuál se veía muy a lo lejos el campanario de la iglesia en San José de la Mariquina
- ¿Qué se sabe de Luisa, don Alberto? - preguntó Kätz mientras prendía un puro y le cubría de una corriente de aire con su sombrero panamá.
- Lo mismo, nada después de la tormenta. Esa hermana tuya – suspiró Albert Thater dirigiéndose a Félix -.Y ahora esta caja que está a tu nombre.
“Esa afortunada hermana mía” pensó Félix, mientras recorría la última persiana y desaparecía detrás de ésta la iglesia construida por su padre medio siglo antes a la manera de las viejas capillas suabas
- ¿Dice que en agosto se envió la caja? ¿Por qué habrá tardado tanto tiempo en llegar? - preguntó.
- El registro quedó en la aduana de Valparaíso - respondió Albert Thater acercando sus lentes como lupas a la tapa de la caja -. En Corral sólo se tiene el dato de que la caja fue enviada desde Hamburgo por la señorita Fanny Logan – dijo tras unos segundos de reflexión.
- ¿Te escribió Luisa sobre esta mujer? ¿Quizás en la última carta que te envió desde? ¿De dónde? - preguntó Carlos Kätz quien siempre manifestaba su preocupación por los asuntos de la familia Schell.
- Ceilán. No, no me suena para nada. Iré por unas pinzas. ¿Un trago don Alberto?
Félix prendió la bombilla y bajó las escaleras del sótano con una extraña sensación en el estómago. Dos años atrás había recibido desde Colombo un sobre con el sello de la Oficina Postal General de esa ciudad en el que Luisa enviaba una foto de ella acompañada por un hombre de estatura baja vestido con un traje claro. Querido Félix, le había escrito al reverso, mi amiga Fanny Logan ha sacado esta foto en Colombo. El caballero es el señor Gerd Meems y estamos en la calle York. Te la envío junto con mi incondicional cariño. Ten la seguridad de que todo estará bien. Al principio no le dio mayor importancia a la nota, pero después pasaron unos meses y luego otros, y un día recibió un telegrama de la German North Lloyd Company en Adén donde se notificaba la desaparición de Luisa. Nunca se le vio descender de un barco, el Fulda, tras días de tormenta en el Mar de Adén durante la travesía de Colombo a Crater, y ninguna embajada europea o americana en el puerto árabe tenía noticias de ella. Se carece de una explicación subrayaba el telegrama que además, no proporcionaba el nombre de quien había solicitado esa investigación.
Las insensatas ideas eran la especialidad de Luisa.
Una tarde de otoño, tres años atrás, ella extendió frente a la nariz de Félix el colorido afiche de la compañía de viajes trasatlánticos Hamburg Süd de Chile. La proa del Capitán Polonio rompía unas olas de policromía brillante sobre las cuales flotaban los nombres Buenos Aires, Montevideo, Santos, Río de Janeiro, Lisboa, Vigo, Bolonia, Hamburgo.
-Me voy- le confesó con emoción. Sus mejillas estaban rojas. Tan rojas como la compota del frasco que se quedó sin cerrar en las manos de Félix.
Después fue cosa de unas cuantas semanas. Parecía como si ella hubiera pensado en todo, tiempo atrás. Quizás desde la muerte de Francisco, se figuró Félix, o desde la partida de Theo. En todo caso, Luisa había hecho planes en silencio y él, creyendo saber todo de su hermana, no se había enterado de cosa alguna.
- ¿Qué pasa Félix? - le preguntó Guacolda, extrañada al encontrarle parado en la mitad de la escalera.
- Nada. Que por un momento creí necesitarla, ¿puedes creerlo? Pero ya estoy bien.
Carlos Kätz servía “cola de mono” por segunda vez en la copa de Albert Thater cuando Félix regresó a la sala. La caja se abrió con la primera presión de la pinza. La viruta en el interior se descomprimió liberada de la presión del embalaje. Félix la removió y extrajo un pequeño documento de no más de unos quince por veinte centímetros, encuadernado con una pasta de cartón verde y al que dio vueltas entre sus manos. Entonces miró a los dos hombres que se veían tan perplejos como él y se encogió de hombros.
- ¡Ábrele!, ¿pero qué te pasa?- intervino Carlos con impaciencia.
Anna tocó la puerta. Entró con una tetera y panes untados con mantequilla recién sacados del horno. Al ver la caja abierta sobre la mesa interrogó a Félix con la mirada. Anna era una mujer discreta y tenía la extraña capacidad de enmudecer en los momentos adecuados; de hecho, pensaba ella, así había logrado salir airosa de la mayoría de las crisis vitales.
Félix hojeó el cuaderno. Treinta y dos hojas escritas en alemán.
- Martes, febrero de 1925. Mi querido hermano. Fue siempre mi deseo poder conocer el bello mundo y el destino hizo que se cumpliera mi anhelo - leyó.
- ¿Es una carta?- preguntó Albert que se había acercado a su costado.
- Son todas cartas. Miércoles, febrero de 1925. El barco no para de oscilar y la pequeña cama de este camarote no es suficiente para la trayectoria que toma mi cuerpo... ; Jueves, febrero de 1925. Tuve una casa en Adén..; Viernes...Fanny Logan pasó unas horas de esta tarde en mi camarote. Nadie sube ya al comedor y como las ganas de comer son pocas con el mareo, la tripulación se ha dividido para traernos a nuestros camarotes algunos bocadillos y agua...
- Están fechadas hace dos años. ¿No hay ninguna más reciente? - comentó Carlos Kätz.
- Sábado, febrero 1925... No entiendo - dijo Félix limpiándose el sudor de la cara con un pañuelo y cerrando de golpe el cuaderno - . Mil perdones, pero iré a tomar un poco de aire. ¡Esto es tan inesperado! - y salió del salón con el documento.
El silencio se apoderó del espacio.
- ¿No hay algo más en el interior de la caja que explique este envío?- preguntó Anna tras beber un poco de té y colocarse al lado de Albert .
Carlos revolvió la viruta de un lado para otro y sacó puñados de ésta. Finalmente movió negativamente la cabeza y metió con frustración las manos en los bolsillos.
- Creo que es momento de que me retire- dijo Albert - . Anna, cualquier cosa que lleguen a saber de Luisa me lo harás saber ¿no es cierto? Veré en el puerto que puedo indagar de ésta señorita Logan. Kätz, ¡hasta pronto!
Albert Thater salió al pórtico y mientras subía al Ford Roaster alcanzó a ver a lo lejos que Félix caminaba rumbo al río con una fusta en la mano cortando a diestra y siniestra las hojas de los aromos."
Johanna Lozoya, Cartas de Adén, cap. I, 2009
jueves, 30 de diciembre de 2010
FLEUR JAEGGY
" A mi padre lo conocía poco. Una vez, durante las vacaciones de Pascua, me llevó consigo a un crucero. El barco estaba atracado en Venecia. Se llamaba Proleterka. Proletaria. Durante años, el motivo de nuestros encuentros fue una procesión. Participábamos los dos. Habíamos desfilado juntos por las calles de la ciudad del lago. Él con un tricornio en la cabeza. Yo con el traje típico, el Tracht, y la cofia negra ribeteada de encaje blanco. Los zapatos de charol negro con la hebilla de gorgorán. El delantal de seda sobre el vestido rojo, un color tras el que acechaba un violeta oscuro. Y el corpiño de seda adamascada. En una plaza, sobre un rimero de maderas, ardía un muñeco. El Böögg. Hombres a caballo galopan en círculo alrededor del fuego. Redoblan los tambores. Se alzan los estandartes. Despedían el invierno. A mí me parecía estar despidiendo algo que no había tenido nunca. Me atraían las llamas. Ocurrió hace mucho tiempo.
Mi padre, Johannes H., formaba parte de una hermandad, una Zunft. Había ingresado de estudiante. Había escrito un informe titulado Qué ha hecho y qué hubiera podido hacer la Hermandad durante la guerra. La hermandad a la que pertenecía Johannes se fundó en 1336. La noche anterior se celebró el baile para los niños. Una gran sala abarrotada de trajes típicos y de risas. Deseaba que todo se acabara. Quizá Johannes también. No me gustaban los bailes. Y quería despojarme del traje. La primera vez que participé en la procesión ( aún no iba a la escuela) me metieron en un palanquín azul turquesa. Por la ventanilla saludaba a los niños que contemplaban la procesión desde la acera. Cuando los portadores me posaron sobre el suelo, abrí la portezuela y me marché. No tenía pensado escapar. No era rebelión, sino puro instinto. Una atracción por lo desconocido. Vagué por la ciudad horas y horas. Hasta el agotamiento. Me encontró la policía. Y me entregaron a mi legítimo propietario, Johannes. Fue una lástima. Dadas las circunstancias, una relación más profunda entre padre e hija era una posibilidad muy remota. Observar y callar. Los dos caminan en procesión. No se cruzan ni una sola palabra. Al padre le cuesta mantener el paso al ritmo de las marchas musicales. Dos sombras, una se mueve lentamente, con un visible esfuerzo. La otra es más inquieta. Avanzan en filas de cuatro. Junto a ellos una pareja, el hombre lleva el uniforme militar, la mujer, el traje típico. Siguen el paso, avanzan majestuosos, altivos, erguidas las cabezas. De noche, a veces, con los párpados cerrados, vuelvo a ver cómo arde el muñeco. El redoble de los tambores cada vez más marcial, con un sonido ulterior. Al cabo de dos días, dejaba a Johannes en una habitación de hotel. Mi visita había tocado a su fin. (...)
Los niños se desinteresan de los padres cuando se les abandona. No son sentimentales. Son pasionales y fríos. En cierto modo algunos abandonan los afectos, los sentimientos, como si fueran cosas. Con determinación, sin tristeza. Se vuelven extraños. A veces enemigos. Ya no son ellos los seres abandonados, sino quienes se baten mentalmente en retirada. Y se marchan. Hacia un mundo oscuro, fantástico y miserable. Y, sin embargo, a veces simulan felicidad. Como un ejercicio de funámbulos. Los padres no son necesarios. Hay pocas cosas necesarias. Algunos niños se las arreglan solos. El corazón, cristal incorruptible. Aprenden a fingir. Y el fingimiento se convierte en la parte más activa, más real, tan atractiva como los sueños. Ocupa el lugar de los que consideramos verdadero. Quizá sea sólo eso: algunos niños tienen el don del desapego.
Padre e hija están delante del barco. Parece un buque militar. Brilla la estrella roja en lo alto de la chimenea. Miro enseguida la inscripción Proleterka. Ennegrecida, con manchas de herrumbre, olvidada. Una inscripción regia. Es la hora en que declina el día. El buque es grande, oculta el sol que está a punto de caer al agua. Es oscuro: pez y misterio. Se ha salvado de la intemperie, de los naufragios, un barco pirata construido como una fortaleza. Subimos la escalerilla. Los oficiales nos esperan. Somos los últimos. A Johannes le cuesta subir, un oficial le ayuda. Nos muestra el camarote. Pequeño. Allí dormiría con Johannes. Las dos camas, una sobre la otra. Tendré que dormir arriba. El Proleterka zarpa a las dieciocho horas. Dulcemente, se desliza sobre el agua. Un sonido bronco precede a la partida. Un sonido de adiós. No se puede volver atrás. Miro desde la portilla. Me pregunto cómo me las arreglaría para salir, para entrar en el mar, si quisiera marcharme como Martin Eden. "
Fleur Jaeggy, Proleterka, Barcelona, Tusquets, 2004.
...
Fleur Jaeggy, nacida en Zurich, vive en Milán. Autora de reconocido prestigio y traducida a diversas lenguas. Proleterka (galardonada con el Premio Viareggio 2002, el premio Donna Città di Roma 2001, el Premio Vailate Alberico Sala 2001 y el Premio Vittorini 2002), es un breve relato de un viaje iniciático en el que Jaeggy revive la distante y extraña relación entre un padre y su hija. "Con su prosa, que logra penetrar como una hoja afilada en la zona secreta donde se esconden las emociones, Jaeggy ha cosechado los elogios de grandes escritores, entre ellos Susan Sontag: "Fleur Jaeggy es una escritora maravillosa, brillante, salvaje. La admiro profundamente." "
Editorial
miércoles, 15 de diciembre de 2010
JANE BOWLES
"Alva Perry era una mujer seria y reservada de ascendencia escocesa y española; tenía poco más de cuarenta años. Aún era guapa, pese a tener las mejillas demacradas. En particular, sus ojos eran de una belleza y una claridad extraordinarias. Vivía en casa de su tío, que se había dividido en apartamentos, o en cuartos de alquiler, como seguían denominándose en aquella parte de la región. La casa se elevaba en la empinada ladera de la colina boscosa que daba a la carretera general. Una larga escalera de cemento ascendía hasta la mitad de la loma, terminando poco antes de llegar a la casa. En un principio conducía a una central eléctrica, destruida tiempo atrás. La señora Perry había vivido sola en su cuarto desde la muerte de su marido, ocurrida once años antes; sin embargo, encontraba pequeños quehaceres para estar ocupada durante todo el día, y en cierto modo seguía siendo tan hacendosa en su soledad como un ama de casa entregada a su familia.
John Drake, una persona igualmente reservada, ocupaba el cuarto debajo del suyo. Era dueño de su camión y trabajaba por su cuenta para compañías madereras, así com recogiendo y repartiendo cántaros de leche para una vaquería.
En todos los años que habían vivido en la casa de la ladera, el señor Drake y la señora Perry sólo se habían dirigido saludos de lo más escueto.
Una noche, el señor Drake oyó desde el vestíbulo los sonoros pasos de la señora Perry que, de manera inconsciente, había aprendido a reconocer. Alzó la vista y la vio bajar las escaleras. Llevaba un abrigo marrón que había pertenecido a su difunto esposo, y apretaba una bolsa de papel contra su pecho. El señor Drake se ofreció a ayudarla con la bolsa y ella titubeó, indecisa, en el descansillo.
- Sólo son patatas - le explicó -, pero se lo agradezco mucho. Voy a asarlas fuera, en la parte de atrás. Hace tiempo que tenía intención de hacerlo.
El señor Drake cogió las patatas y, con paso envarado, cruzó la puerta trasera y bajó la cuesta hasta llegar a un pequeño terreno raso que hacía las veces de patio en la parte posterior de la casa. (...)La señora Perry siguió al señor Drake, le dio las gracias y empezó a recoger ramitas con movimientos rápidos entre la linde de los árboles y la pocilga, cerca de la cual iba a preparar la fogata. (...)- ¿Le gustan los placeres sencillos, corrientes? - le preguntó al fin [la señora Perry], en tono grave.
El señor Drake sintió un gran alivio de que ella hubiese hablado, y su rubor cedió.
- Seria mejor que me diera una idea más clara de lo que entiende usted por placeres sencillos, y entonces yo le diría lo que me parecen - respondió solemnemente, haciendo una pausa cada pocas palabras, porque era tan concienzudo como tímido.
- Placeres sencillos - empezó a explicar la señora Perry tras dudar un poco-, como los que se obtienen sin estar entre mucha gente o con comidas historiadas. - Se estrujó el cerebro buscando más ejemplos-. Placeres sencillos como estas patatas asadas, en vez de bailes, whisky y orquestas... Como una merienda campestre, pero no de esas con mil cosas superfluas que acaban tirándose a una zanja porque no se comen. He visto tirar tartas a personas mayores porque sentían demasiada pereza para envolverlas y llevárselas otra vez a casa. ¿Ha visto usted esas cosas?
- No, creo que no- repuso el señor Drake.
- Se desperdician muchas cosas - observó la señora de Perry.
- Pues a mí me gustan los placeres sencillos - dijo el señor Drake, deseoso de que su interlocutora no perdiera el hilo de la conversación. (...)
- Me marcho - dijo [el señor Drake]-, pero a cambio de las patatas, ¿le gustaría cenar conmigo en un restaurante mañana por la noche?
Hacía muchos años que no le habían hecho una invitación de ese tipo, puse se había apartado deliberadamente de la vida de la ciudad, y no sabía qué responderle.
- ¿Cree que debería hacer algo así? - preguntó.
El señor Drake le aseguró que debía hacerlo, y ella aceptó su invitación. (...)
La señora Perry cerró tras ella la puerta del restaurante y recorrió toda la estancia, atisbando en cada reservado en busca de su acompañante. Por lo visto, no había llegado todavía; de manera que eligió un cubículo vacío y se sentó en el banco de madera. (...) Llamó a la camarera y le pidió chuletas de cerdo; entonces llegó el señor Drake. La saludó con una sonrisa tímida. (...) El señor Drake recordó con intenso placer la patata asada delante del fuego, y sintió mucha más emoción de lo que había imaginado al volver a ver a la señora Perry.
Lamentablemente, la mujer no parecía impulsada a comunicarse con él, y al cabo de muy poco tiempo el camionero guardó silencio. Durante la primera parte de la cena, comieron sin decirse nada. El señor Drake había pedido una botella de vino dulce, y cuando la señora Perry terminó el segundo vaso, rompió a hablar.
- Me parece que en los restaurantes le engañan a uno.
A John Drake le gustó que hubiera hecho algún comentario, aunque fuese poco cortés. (...)
- ¿A qué hora pasa el autobús por aquí? - pregunto [la señora Perry] con una voz que ya era notablemente alta.
- Si realmente quiere saberlo, me puedo enterar. ¿Hay alguna razón por la que quiera saberlo en este momento?
- Tengo que irme a una hora conveniente para levantarme mañana temprano.
- Pues no faltaba más, cuando quiera marcharse la llevaré a casa en el camión, pero confío en que no quiera irse todavía.
Se inclinó hacia delante y estudió inquieto el rostro de la mujer.
- Tengo que ir a casa de todos modos - le contestó con displicencia -, y lo mismo da ahora que luego. (...)"
Jane Bowles, Placeres sencillos, 1966
Jane Bowles, Dos damas muy serias & Placeres sencillos, prólogo de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 2010. ISBN 978-84-339-7589-8
...
" Debe de hacer siete u ocho años desde que vi por última vez a esa leyenda moderna llamada Jane Bowles, y tampoco he sabido nada de ella, al menos directamente. Pero estoy seguro de que no ha cambiado; de hecho, algunos viajeros que han estado recientemente en el norte de África, y que la han visto o se han sentado con ella en algún sombrío café de la kasba me han dicho, y estoy seguro, que Jane, con su cabeza como dalia, con su corto pelo rizado, su nariz respingona y sus ojos de un brillo malicioso, y algo alocados, con esa voz suya tan original (un áspero soprano), sus ropas de muchacho, su figura de colegiala y su leve cojera, es más o menos la misa que era cuando yo la conocía hace más de veinte años: ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos, y sin embargo con una sustancia más fría que la sangre corriendo por sus venas, y con un ingenio y una sabiduría excéntrica que ningún niño, ni siquiera el más extraño wunderkind, haya poseído jamás".
Truman Capote
" A pesar de su escasísima obra narrativa - tan sólo la novela Dos damas muy serias y el libro de relatos Placeres sencillos -, la figura de Jane Bowles ("esa leyenda moderna", como la calificó Truman Capote) se ha ido agigantando en los últimos tiempos, convirtiéndose en una "figura de culto" en el mundo anglosajón y en sus diversas traducciones. Su prestigio entre los mejores escritores de su tiempo se remonta a los inicios mismos de su carrera literaria, cuando publicó Dos damas muy serias, saludada por Tennessee Williams como "mi libro favorito" y por alan Sillitoe como "un hito en la literatura norteamericana del siglo XX".
Editor Anagrama
- Si realmente quiere saberlo, me puedo enterar. ¿Hay alguna razón por la que quiera saberlo en este momento?
- Tengo que irme a una hora conveniente para levantarme mañana temprano.
- Pues no faltaba más, cuando quiera marcharse la llevaré a casa en el camión, pero confío en que no quiera irse todavía.
Se inclinó hacia delante y estudió inquieto el rostro de la mujer.
- Tengo que ir a casa de todos modos - le contestó con displicencia -, y lo mismo da ahora que luego. (...)"
Jane Bowles, Placeres sencillos, 1966
Jane Bowles, Dos damas muy serias & Placeres sencillos, prólogo de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 2010. ISBN 978-84-339-7589-8
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" Debe de hacer siete u ocho años desde que vi por última vez a esa leyenda moderna llamada Jane Bowles, y tampoco he sabido nada de ella, al menos directamente. Pero estoy seguro de que no ha cambiado; de hecho, algunos viajeros que han estado recientemente en el norte de África, y que la han visto o se han sentado con ella en algún sombrío café de la kasba me han dicho, y estoy seguro, que Jane, con su cabeza como dalia, con su corto pelo rizado, su nariz respingona y sus ojos de un brillo malicioso, y algo alocados, con esa voz suya tan original (un áspero soprano), sus ropas de muchacho, su figura de colegiala y su leve cojera, es más o menos la misa que era cuando yo la conocía hace más de veinte años: ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos, y sin embargo con una sustancia más fría que la sangre corriendo por sus venas, y con un ingenio y una sabiduría excéntrica que ningún niño, ni siquiera el más extraño wunderkind, haya poseído jamás".
Truman Capote
" A pesar de su escasísima obra narrativa - tan sólo la novela Dos damas muy serias y el libro de relatos Placeres sencillos -, la figura de Jane Bowles ("esa leyenda moderna", como la calificó Truman Capote) se ha ido agigantando en los últimos tiempos, convirtiéndose en una "figura de culto" en el mundo anglosajón y en sus diversas traducciones. Su prestigio entre los mejores escritores de su tiempo se remonta a los inicios mismos de su carrera literaria, cuando publicó Dos damas muy serias, saludada por Tennessee Williams como "mi libro favorito" y por alan Sillitoe como "un hito en la literatura norteamericana del siglo XX".
Editor Anagrama
martes, 30 de noviembre de 2010
MALIKA MOKEDDEM
"El reencuentro con las altas mesetas solitarias le sirvió de consuelo. Su austeridad y silencio se adaptaban perfectamente a su amargura. Pero había necesitado alejarse y distanciarse para darse cuenta de la gran influencia que ejercían sobre él. Había tenido que vivir en ciudades muy pobladas como El Cairo o Alejandría para comprobarlo. Allá, a pesar de la distancia, a pesar del canto tranquilizador del mar, el hermano gemelo más clemente del desierto, a pesar de los años que agrandaban el espacio, la inmensidad de las mesetas rompía contra él, como los golpes del viento de arena acres y tórridos. Gracias al amor que le brindaban, él renacía todos los días. Y en medio de las muchedumbres bulliciosas de Oriente Medio, el silencio de sus tierras se fundía a veces con su razón como si montara guardia contra cualquier traición posible, como una oración de fuego que soldara su memoria.
Así, su ausencia había estado marcada por la de las altas mesetas, y volvió a encontrarlas a imagen de la melancolía que habían forjado en él: tristes e infinitas, inundadas de luz. Entonces tuvo una revelación fantástica y llegó a un umbral. Lograba salir de países, de tormentos, pero no entraba en ninguna parte. Sólo era un vigía, un agrimensor. Las extensiones que se ofrecían a él no eran sino aliento luminoso, lugar de paso, escenario de encuentros, de separaciones y de partidas. Los seres valerosos y combativos no temían mostrar allí la mayor debilidad, es decir, también eran capaces de amar.
El caballo, orgullo de los desfiles, convivía con el camello que, aun siendo su paso más lento y terco, derramaba en la imaginación de los hombres la borrachera de sus recorridos. El beduino trocaba allí sus propios productos y los que traía del Norte por géneros africanos del hombre azul, regueibat o tuareg. Allí estaba la puerta del desierto para los primeros y la del Tel para los últimos. Hasta la enorme diferencia de temperaturas reflejaba esta dualidad. Los días tenían las llamas del desierto, las noches del invierno ganaba a las del Norte en heladas. En realidad, era el territorio de la espera, de los descansos. Las búsquedas no podían saciarse allí. Las caravanas no podían detenerse más que para hacer un alto. Un espacio tan sublime e incómodo como la lucidez. Por eso de Jaider a Ain Sefra, las endechas sólo loaban el honor herido, la amistad o el amor imposible o azotado por el abandono inevitable. Las altas mesetas eran una hendidura, una "ninguna parte" de verdad. Mahmud sólo se reconocía entre el sedentario y el nómada, entre el mundo oral, la jovialidad de los cuentos y el hechizo solitario de la escritura, entre huida y rebelión, en la conjunción de las cosas complementarias, en el punto de ruptura de los contrarios...Las dualidades le agradaban. (...)
Temiendo que se convierta en una tirana y lo domine por completo, Mahmud se vacía de la parte egoísta e introvertida de su sufrimiento. La preocupación por su hija siempre acaba por anteponerse a su propio dolor. Lo más urgente es intentar curar a Yasmina del mal que la aflige. La ha incitado a soñar, la ha mecido con cuentos, le ha dado plantas curativas, distintas tisanas, la ha purgado con coloquíntidas del desierto...Incluso ha recurrido a una sangría practicada por un jeque docto y piadoso. Nada ha dado resultado. Entonces, para desplazarse más rápidamente, vende el rebaño y, guiado por sabios consejos, él, que suele despreciar toda práctica oculta, decide llevar a Yasmina a un curandero de renombre.
- Tu hija está habitada por un yinn sordomudo - pontifica el maestro brujo -. Uno de los más perniciosos, pues el hombre no tiene ningún poder frente a ellos. Sin embargo, con el tiempo y la observación, encontraré su punto débil. Encontraré la manera de ponerme en contacto con él. Sólo entonces podré imponerle mi ley y obligarlo a marcharse. Intentaré conseguirlo con el mínimo coste, pero para eso, tendréis que quedaros aquí, cerca de mí, el tiempo necesario - dice el hombre cuyo prestigio no le deja confesar su incapacidad. (...)
Yasmina sufre por su incapacidad, sobre todo cuando se encuentran con otros nómadas. Su soledad, la de su padre y la suya, "sin tribu y sin madre", resulta tan anómala en la organización de los clanes de la vida nómada... Los demás niños la asaltan cada vez con montones de preguntas. El silencio de Yasmina despierta aún más la curiosidad; perciben su tesón como una agresión que provoca insultos e invectivas. (...)
En el transcurso de los meses y los años, el tiempo, que inocentemente se desgrana a medida que avanzan los pasos y las historias, trabaja solapadamente para aportar el olvido, primer jalón de la muerte. (...) Su vida misma hace de ellos seres especiales en este duro mundo nómada de las altas mesetas. Su presencia constante en los mercados de la región intriga: un padre que dicen sigue siendo viudo y que cuida de su hija como una madre, y una hija, una hartania, una hartania magnífica que mira a los hombres con dureza, no concede una palabra a nadie y no se comunica con su padre más que por escrito. Ambos avivan la curiosidad de la gente y alimentan los rumores en el polvo de los mercados."
Malika Mokeddem, El siglo de las langostas, México, Biblioteca Era, 2003. ISBN 9-789684-115545
....
" Ésta es una novela hermosa y terrible, en que varias décadas de historia y gran parte de la geografía de Argelia se despliegan con extraordinaria fuerza. Los personajes de esta novela intentarán escapar a su camino fijado por las costumbres, la sociedad, el odio heredado y la violencia loca que los persigue. Su complejo itinerario pasa por la angustia de la persecución, el rencor y el dolor, y también por la ternura, el disfrute del mundo, la dignidad."
Malika Mokkeddem nació en Kenadsa, en el desierto occidental de Argelia. El siglo de las langostas obtuvo el Premio Afrique Méditerranée Maghreb de la Asociación de Escritores en Lengua Francesa.
domingo, 21 de noviembre de 2010
BEATRIZ PRECIADO
5. La celda posdoméstica: el apartamento para el soltero urbano
" Ésta podría ser la divisa con la que Playboy emprende en los años cincuenta una tarea de transformación social: si quieres cambiar a un hombre, modifica su apartamento. Como la sociedad ilustrada creyó que la celda individual podía ser un enclave de reconstrucción del alma criminal, Playboy confió en el apartamento del soltero como nicho de fabricación del nuevo hombre moderno. En el artículo "Playboy´s Penthouse Apartment: A High Handsome Haven-pre-planned and furnished for the Bachelor in Town", publicado en 1956, la revista presentaba el apartamento de soltero como un teatro virtual en el que el antiguo hombre aprendía las técnicas del juego del conejo - representado por un hombre maduro pero destinado, en realidad, a un lector adolescente -. Aquí el apartamento no era un mero decorado interior, sino una auténtica máquina performativa de género, capaz de llevar a cabo la transformación del antiguo hombre en playboy. El apartamento funcionaba como un espacio de aprendizaje en el que el hombre ciervo podía familiarizarse con la ética juguetona del conejo a través del manejo de una serie de dispositivos giratorios destinados a resaltar el carácter flexible, circular y reversible de las rígidas normas de género, sexuales, sociales y políticas que dominaban la sociedad americana de la posguerra. Tanto el diseño arquitectónico del apartamento, como los mecanismos visuales, los muebles o electrodomésticos del ático de soltero de 1956 pretendían funcionar como aparatos conversores que permitían transformar incesantemente el trabajo en ocio, desvestir lo vestido, humedecer lo seco, hacer que lo homosexual fuera heterosexual, lo monógamo polígamo, transformar lo negro en blanco y viceversa. Se trataba, por supuesto, de un juego sin riesgos y con posibilidad de vuelta a casa. Además, el juego no era una red libre de relaciones ni un sistema totalmente abierto, sino un ejercicio contenido y seguro que permitía suspender durante un tiempo, y al menos de forma imaginaria, la validez moral de las normas sociales que pesaban sobre la caduca subjetividad masculina del hombre ciervo americano de mediana edad. Esta suspensión moral producía, más allá de la estricta masturbación sexual a la que invitaban tímidamente las imágenes, una plusvalía erótica que alimentaba la emergente subjetividad del conejo. El éxito de Playboy consistía en situar al frustrado lector masculino suburbano americano, todavía participante de las lógicas de consumo y el ocio de la economía de posguerra y cómplice de las estructuras sociales de segregación de género, clase y raza, en la posición de jugador, dándole por un momento la posibilidad de gozar de la transgresión moral para invitarle, después, a retomar su vida de ciervo trabajador y volver a su casa y a su césped. (...)
El apartamento (no el playboy) funciona como una máquina que, con igual eficacia, atrae mujeres y se deshace después de ellas. Gracias a la adaptabilidad de los artefactos del piso, garantes de la mecanización del flirteo, el soltero puede permitirse por primera vez una actitud frívola con las mujeres. Basta con que la invitada penetre en ese ático para que cada mueble y objeto de diseño se despierte y funcione como una trampa que facilitará el disfrute de lo que la revista llama "sexo instantáneo". Los gadgets y artilugios mecánicos transforman los viejo métodos de caza del venado en las nuevas formas de administrar el sexo propios del habilidoso conejo playboy. (...)
El ático de soltero funciona al mismo tiempo como una oficina y como una casa de citas. Superposición curiosa de un nuevo espacio de producción del capitalismo, la oficina, y de un antiguo espacio de producción y consumo sexual, el prostíbulo. Esta superposición pornotópica será aún más intensa y literal en la Mansión Playboy."Beatriz Preciado, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en "Playboy" durante la guerra fría, Barcelona, Anagrama, Colección Argumentos, 2010.
...
"En plena guerra fría, el joven Hugh Hefner crea lo que pronto se convertiría en la revista para adultos más vendida del mundo: Playboy. Lo que el público desconoce en su pionera labor como artífice de las casas del placer: Playboy no era simplemente una revista de chicas con o sin bikini, sino un vasto proyecto arquitectónico-mediático que tenía como objetivo desplazar la casa heterosexual como núcleo de consumo y reproducción proponiendo frente a ésta nuevos espacios destinados a la producción de placer y capital.
Beatriz Preciado es filósofa. Colabora en la emergencia de la teoría queer en Francia, y forma parte del grupo de escritores de "Le Rayon Gay". Es también autora de Testo Yonqui y Terror Anal, así como de numerosos ensayos en revistas como Multitudes y Parallax. "
Editor, Anagrama
viernes, 5 de noviembre de 2010
DIAMELA ELTIT
"Mi madre y yo tenemos sentimientos paradójicos con respecto a la excelencia social o la función patriótica de las enfermeras.
Todavía.
Después de ¿cuánto?, ¿doscientos años?, no conseguimos una posición única y oscilamos entre una simpatía cruzada por fragmentos compasivos ante la labor que desempeñan o bien nos sentimos injuriadas y atacadas por la sensación física de ser atendidas con una sorna abiertamente burocrática. No sabemos qué sentir o qué pensar cuando las seguimos a través de los pasillos para acceder a la consulta del médico que nos corresponde. Las enfermeras están allí, delante o al lado nuestro, mirándonos con sus pupilas subordinadas al médico de turno, un médico también parcialmente subordinado a su enfermera y que, en un ataque de rencor, puede llegar a gritarles o a dar un alarido por un olvido o ante una ausencia momentánea.
Los hospitales, la patria y cada uno de los consultorios de la nación son conocidos también como el teatro del grito. Mi madre y yo nos avergonzamos ante la angustia que experimenta la enfermera cuando acude de inmediato al llamado de su enfermera en jefe. Sí, una jefa que también sufre, teme y se atormenta ante la queja del médico de turno. Esa jefa de las enfermeras, escogida por su sabiduría y la precisión de su conducta, tiene la obligación oficial (en el espacio pactado del mundo hospitalario) de aterrar a su subordinada con la inminente o inmediata pérdida de su trabajo si se atreve a cometer una falta más, una más y se acabó, ¿me entiendes?
Pero yo desconfío de la actuación de las enfermeras. Desconfío porque ellas practican la asociación de la sangre.
Mi madre desconfía de las enfermeras.
Por la sangre. "
Diamela Eltit, Impuesto a la carne, Santiago (Chile), Seix Barral. Biblioteca Breve, 2010. ISBN 9-789562-475037.
...
"Un hospital. Hordas de médicos. Enfermeras que trafican sangre. Grupos de fans. Enfermos vaciados sus órganos. Impuesto a la carne funciona como una metáfora nacional de los últimos doscientos años, en la que será posible reconocer algunos de los pasajes más sórdidos de nuestra historia. Una crónica marginal que registra el tránsito de dos almas anarquistas por un espacio opresor.
Elemento fundamental de la novelística de Diamela Eltit, el cuerpo, en esta oportunidad, se convierte en el escenario en el que se despliegan las certezas y fisuras propias de la relación entre una madre e hija. La autora se embarca en una lectura orgánica de la figura materna, esta vez no en clave simbólica, sino como un ente corpóreo y vivo que habita, literalmente, las entrañas de toda hija."
Editores, Impuesto a la carne.
Todavía.
Después de ¿cuánto?, ¿doscientos años?, no conseguimos una posición única y oscilamos entre una simpatía cruzada por fragmentos compasivos ante la labor que desempeñan o bien nos sentimos injuriadas y atacadas por la sensación física de ser atendidas con una sorna abiertamente burocrática. No sabemos qué sentir o qué pensar cuando las seguimos a través de los pasillos para acceder a la consulta del médico que nos corresponde. Las enfermeras están allí, delante o al lado nuestro, mirándonos con sus pupilas subordinadas al médico de turno, un médico también parcialmente subordinado a su enfermera y que, en un ataque de rencor, puede llegar a gritarles o a dar un alarido por un olvido o ante una ausencia momentánea.Los hospitales, la patria y cada uno de los consultorios de la nación son conocidos también como el teatro del grito. Mi madre y yo nos avergonzamos ante la angustia que experimenta la enfermera cuando acude de inmediato al llamado de su enfermera en jefe. Sí, una jefa que también sufre, teme y se atormenta ante la queja del médico de turno. Esa jefa de las enfermeras, escogida por su sabiduría y la precisión de su conducta, tiene la obligación oficial (en el espacio pactado del mundo hospitalario) de aterrar a su subordinada con la inminente o inmediata pérdida de su trabajo si se atreve a cometer una falta más, una más y se acabó, ¿me entiendes?
Pero yo desconfío de la actuación de las enfermeras. Desconfío porque ellas practican la asociación de la sangre.
Mi madre desconfía de las enfermeras.
Por la sangre. "
Diamela Eltit, Impuesto a la carne, Santiago (Chile), Seix Barral. Biblioteca Breve, 2010. ISBN 9-789562-475037.
...
"Un hospital. Hordas de médicos. Enfermeras que trafican sangre. Grupos de fans. Enfermos vaciados sus órganos. Impuesto a la carne funciona como una metáfora nacional de los últimos doscientos años, en la que será posible reconocer algunos de los pasajes más sórdidos de nuestra historia. Una crónica marginal que registra el tránsito de dos almas anarquistas por un espacio opresor.
Elemento fundamental de la novelística de Diamela Eltit, el cuerpo, en esta oportunidad, se convierte en el escenario en el que se despliegan las certezas y fisuras propias de la relación entre una madre e hija. La autora se embarca en una lectura orgánica de la figura materna, esta vez no en clave simbólica, sino como un ente corpóreo y vivo que habita, literalmente, las entrañas de toda hija."
Editores, Impuesto a la carne.
martes, 26 de octubre de 2010
MARINA TSVIETÁIEVA
"No, no había ninguna palidez en ella, ninguna – en nada, todo en ella era lo contrario a la palidez, y sin embargo era – pourtant rose y, llegado el momento, esto será mostrado y demostrado.
Transcurría el invierno de 1918-1919, por lo pronto todavía el invierno del año 1918, diciembre. En algún teatro, en algún escenario, yo leía para los estudiantes del tercer estudio, mi obra Tempestad de nieve. Una sala vacía –un escenario lleno.
Mi Tempestad de nieve estaba dedicada a Yuri y a Vera Z., a su amistad – mi amor. Yuri y Vera eran hermano y hermana; Vera, en el último de todos los colegios en el que estuve había sido mi compañera: no de clase, porque yo estaba una clase antes y la veía únicamente a la hora del recreo: un cachorrito de niña, delgadita y rizada, recuerdo sobre todo su larga espalda con los cabellos de una trenza atada hasta la mitad, y vista de frente, recuerdo sobre todo la boca, por naturaleza – desdeñosa, con los ángulos hacia abajo, y los ojos– lo contrario de aquella boca, por naturaleza sonrientes, es decir, con los ángulos hacia arriba. Esta divergencia de líneas repercutía en mí en forma de una inexplicable inquietud que yo atribuía a su belleza, sorprendiendo así a los demás que no encontraban en ella nada de eso, dejándome a su vez profundamente sorprendida. Aquí mismo diré, que yo tenía razón, que en adelante se convirtió en una auténtica beldad, a tal punto que en el año 192, en París, gravemente enferma, la arrastraron a la pantalla.
Con esta Vera, a esta Vera jamás dije ni una sola palabra, y ahora, nueve años después de la escuela, cuando le dedicaba mi Tempestad de nieve, pensaba aterrada que ella no comprendería nada de todo esto, porque seguramente no se acordaría de mí, quizá ni siquiera se hubiera percatado de mi existencia.
(Pero, ¿por qué Vera, cuando se trata de Sóniechka?) Porque Vera es – las raíces, la prehistoria, el origen más antiguo de Sóniechka. Una historia muy breve – con una prehistoria muy larga. Y una poshistoria.
...
"La historia de Sóniechka es tanto una biografía de la protagonista, la actriz Sofía Evguénievna Holliday, como una autobiografía de la escritora Marina Tsvietáieva, cuya amistad se desarrolló entre 1918 y 1919, cuando ambas trabajaban en el Teatro de Arte de Moscú. (...) Sóniecka es [...] el relato de algo que dormía en el interior de Marina y que la muerte puso en movimiento. Es la historia de su juventud en un país trastocado por la guerra civil. Es la verdad convertida en poesía. La primavera del año diecinueve que llegó trayéndole una amiga: una actriz pequeñita, talentosa e indefensa ante la vida. Es la amistad, el amor y las alegrías – más bien escasas – entre aquello que vivieron los años posteriores a la revolución. Diálogos, monólogos, escenas, parlamentos... Humor y amor. Es Moscú el año diecinueve. Ni espeluznante, ni espléndido, únicamente familiar. Es la resurrección de los seres amados. Es, finalmente, la voluntad del poeta de detener el tiempo."
Selma Ancira
Marina Tsvietáieva, La historia de Sóniechka, México, CONACULTA, Torre Abolida, 1999. ISBN 9-789701-831427
Transcurría el invierno de 1918-1919, por lo pronto todavía el invierno del año 1918, diciembre. En algún teatro, en algún escenario, yo leía para los estudiantes del tercer estudio, mi obra Tempestad de nieve. Una sala vacía –un escenario lleno.
Mi Tempestad de nieve estaba dedicada a Yuri y a Vera Z., a su amistad – mi amor. Yuri y Vera eran hermano y hermana; Vera, en el último de todos los colegios en el que estuve había sido mi compañera: no de clase, porque yo estaba una clase antes y la veía únicamente a la hora del recreo: un cachorrito de niña, delgadita y rizada, recuerdo sobre todo su larga espalda con los cabellos de una trenza atada hasta la mitad, y vista de frente, recuerdo sobre todo la boca, por naturaleza – desdeñosa, con los ángulos hacia abajo, y los ojos– lo contrario de aquella boca, por naturaleza sonrientes, es decir, con los ángulos hacia arriba. Esta divergencia de líneas repercutía en mí en forma de una inexplicable inquietud que yo atribuía a su belleza, sorprendiendo así a los demás que no encontraban en ella nada de eso, dejándome a su vez profundamente sorprendida. Aquí mismo diré, que yo tenía razón, que en adelante se convirtió en una auténtica beldad, a tal punto que en el año 192, en París, gravemente enferma, la arrastraron a la pantalla.Con esta Vera, a esta Vera jamás dije ni una sola palabra, y ahora, nueve años después de la escuela, cuando le dedicaba mi Tempestad de nieve, pensaba aterrada que ella no comprendería nada de todo esto, porque seguramente no se acordaría de mí, quizá ni siquiera se hubiera percatado de mi existencia.
(Pero, ¿por qué Vera, cuando se trata de Sóniechka?) Porque Vera es – las raíces, la prehistoria, el origen más antiguo de Sóniechka. Una historia muy breve – con una prehistoria muy larga. Y una poshistoria.
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"La historia de Sóniechka es tanto una biografía de la protagonista, la actriz Sofía Evguénievna Holliday, como una autobiografía de la escritora Marina Tsvietáieva, cuya amistad se desarrolló entre 1918 y 1919, cuando ambas trabajaban en el Teatro de Arte de Moscú. (...) Sóniecka es [...] el relato de algo que dormía en el interior de Marina y que la muerte puso en movimiento. Es la historia de su juventud en un país trastocado por la guerra civil. Es la verdad convertida en poesía. La primavera del año diecinueve que llegó trayéndole una amiga: una actriz pequeñita, talentosa e indefensa ante la vida. Es la amistad, el amor y las alegrías – más bien escasas – entre aquello que vivieron los años posteriores a la revolución. Diálogos, monólogos, escenas, parlamentos... Humor y amor. Es Moscú el año diecinueve. Ni espeluznante, ni espléndido, únicamente familiar. Es la resurrección de los seres amados. Es, finalmente, la voluntad del poeta de detener el tiempo."
Selma Ancira
Marina Tsvietáieva, La historia de Sóniechka, México, CONACULTA, Torre Abolida, 1999. ISBN 9-789701-831427
lunes, 18 de octubre de 2010
ARUNDHATI ROY
"Mayo, en Ayemenem, es un mes caluroso y de ansiosa espera. Los días son largos y húmedos. El río mengua y negros cuervos se dan atracones de lustrosos mangos sobre árboles inmóviles, de un verde polvoriento. Las bananas rojas maduran. Los frutos de las nanjeas estallan. Los despistados moscones zumban sin rumbo fijo en el aire afrutado y acaban estrellándose contra los cristales para morir, gordos y desconcertados, al sol.
Las noches son claras, aunque cargadas de apatía y de indolente expectación.
Pero al comienzos de junio irrumpe el monzón, que sopla del sudoeste, y hay tres meses de agua y viento, con breves intervalos de un sol fuerte y reluciente que los niños, llenos de entusiasmo, aprovechan para jugar. El campo se torna de un verde lujuriante. Las lindes se van desdibujando a medida que los setos de tapioca echan raíces y flores. Las paredes de ladrillo adquieren un color verde musgo. Los pimenteros trepan por los postes de la electricidad. Por los taludes de laterita asoman enredaderas silvestres que se extienden y atraviesan los caminos inundados. Navegan barcas por los bazares. Y aparecen pececillos en el agua que llena los baches de las carreteras.
Llovía el día en que Rahel regresó a Ayemenem. Hilos de plata inclinados se incrustaban en la blanda tierra y la levantaban como si fueran balas de fusil. En la colina, la vieja casa lucía su pronunciado tejado a dos aguas como un sombrero calado hasta las orejas. Las paredes, veteadas de musgo, ofrecían un aspecto mullido e incluso algo pandeado por la humedad que se filtraba del suelo. El jardín, abandonado y cubierto de maleza, estaba plagado de correteos y susurros de seres diminutos. Entre los hierbajos, una culebra se restregaba contra una piedra reluciente. Ranas de color amarillo recorrían esperanzadas el estanque, lleno de verdín, en busca de pareja. Una empapada mangosta cruzó como un rayo el camino de entrada, cubierto de hojas.
La casa parecía deshabitada. Puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto. La galería delantera se hallaba vacía. Sin muebles. Pero fuera continuaba aparcado el Plymouth azul cielo, de alerones cromados, y, dentro, Bebé Kochamma seguía viva.
ERa la tía abuela más joven de Rahel (...) Rahel había ido a ver a su hermano Estha. Eran gemelos bivitelinos (...)
En aquellos primeros años amorfos en los que la memoria apenas se había iniciado, en los que la vida estaba llena de Comienzos y no tenía Finales, y Todo era Para Siempre, Esthappen y Rahel pensaban en si mismos, juntos, como Yo, y por separado, individualmente, como Nosotros. Como si fuera una extraña raza de gemelos siameses, separados físicamente pero con identidades conjuntas. (...)
Y eso no son más que las pequeñas cosas.
En cualquier caso, ahora piensa en Estha y en ella como ésos, porque, al haberse separado, ninguno de los dos es ya lo que fueron o un día pensaron que serían.
Y nunca lo serán."
Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas, 1997
...
"Esta es la historia de tres generaciones de una familia de la región de Kerala, en el sur de la India, que se desperdiga por el mundo y se reencuentra en su tierra natal. Una historia que es muchas historias. (...) Esta apasionante saga familiar es un gozoso festín literario en el que se entremezclan el amor y la muerte, las pasiones que rompen tabúes y los deseos inalcanzables, la lucha por la justicia y el dolor causado por la pérdida de la inocencia, el peso del pasado y las aristas del presente. Arundhati Roy ha sido comparada por esta novela prodigiosa con Gabriel García Márquez y Con Salman Rushdie por sus destellos de realismo mágico y su exquisito pulso narrativo."
Con El dios de las pequeñas cosas Arundhati Roy, arquitecta y guionista de series televisivas y películas, ganó el Premio Booker de 1997.
Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas, traducción Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, Barcelona, Anagrama, 2001. ISBN 9-7888433-966711
Las noches son claras, aunque cargadas de apatía y de indolente expectación.
Pero al comienzos de junio irrumpe el monzón, que sopla del sudoeste, y hay tres meses de agua y viento, con breves intervalos de un sol fuerte y reluciente que los niños, llenos de entusiasmo, aprovechan para jugar. El campo se torna de un verde lujuriante. Las lindes se van desdibujando a medida que los setos de tapioca echan raíces y flores. Las paredes de ladrillo adquieren un color verde musgo. Los pimenteros trepan por los postes de la electricidad. Por los taludes de laterita asoman enredaderas silvestres que se extienden y atraviesan los caminos inundados. Navegan barcas por los bazares. Y aparecen pececillos en el agua que llena los baches de las carreteras.Llovía el día en que Rahel regresó a Ayemenem. Hilos de plata inclinados se incrustaban en la blanda tierra y la levantaban como si fueran balas de fusil. En la colina, la vieja casa lucía su pronunciado tejado a dos aguas como un sombrero calado hasta las orejas. Las paredes, veteadas de musgo, ofrecían un aspecto mullido e incluso algo pandeado por la humedad que se filtraba del suelo. El jardín, abandonado y cubierto de maleza, estaba plagado de correteos y susurros de seres diminutos. Entre los hierbajos, una culebra se restregaba contra una piedra reluciente. Ranas de color amarillo recorrían esperanzadas el estanque, lleno de verdín, en busca de pareja. Una empapada mangosta cruzó como un rayo el camino de entrada, cubierto de hojas.
La casa parecía deshabitada. Puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto. La galería delantera se hallaba vacía. Sin muebles. Pero fuera continuaba aparcado el Plymouth azul cielo, de alerones cromados, y, dentro, Bebé Kochamma seguía viva.
ERa la tía abuela más joven de Rahel (...) Rahel había ido a ver a su hermano Estha. Eran gemelos bivitelinos (...)
En aquellos primeros años amorfos en los que la memoria apenas se había iniciado, en los que la vida estaba llena de Comienzos y no tenía Finales, y Todo era Para Siempre, Esthappen y Rahel pensaban en si mismos, juntos, como Yo, y por separado, individualmente, como Nosotros. Como si fuera una extraña raza de gemelos siameses, separados físicamente pero con identidades conjuntas. (...)
Y eso no son más que las pequeñas cosas.
En cualquier caso, ahora piensa en Estha y en ella como ésos, porque, al haberse separado, ninguno de los dos es ya lo que fueron o un día pensaron que serían.
Y nunca lo serán."
Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas, 1997
...
"Esta es la historia de tres generaciones de una familia de la región de Kerala, en el sur de la India, que se desperdiga por el mundo y se reencuentra en su tierra natal. Una historia que es muchas historias. (...) Esta apasionante saga familiar es un gozoso festín literario en el que se entremezclan el amor y la muerte, las pasiones que rompen tabúes y los deseos inalcanzables, la lucha por la justicia y el dolor causado por la pérdida de la inocencia, el peso del pasado y las aristas del presente. Arundhati Roy ha sido comparada por esta novela prodigiosa con Gabriel García Márquez y Con Salman Rushdie por sus destellos de realismo mágico y su exquisito pulso narrativo."
Con El dios de las pequeñas cosas Arundhati Roy, arquitecta y guionista de series televisivas y películas, ganó el Premio Booker de 1997.
Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas, traducción Cecilia Ceriani y Txaro Santoro, Barcelona, Anagrama, 2001. ISBN 9-7888433-966711
martes, 12 de octubre de 2010
ANDRÉE CHEDID
" La Llamada
Oculta en la espesura del tiempo, perdida en la oquedad de los milenios, suspendida a veces de las ramas de un árbol, voy y vengo, y llamo. Trato de hacerme oir, de aproximarme.
¿Quién ha de oírme? ¿A qué he de acercarme? Me arrastra un deseo, un grito me lanza fuera de mí misma, al encuentro de las edades. Trato de encontrar, de encontrarte, allí, tan lejos, a millones de años. A ti, mi niña de otro tiempo.
Cuando miro el horizonte, todo se empaña, fuera y dentro. Existo a la vez en límites estrictos y en lo fláccido, lo pastoso. Floto y me agito en una extraña fungosidad. Intento con todas mis fuerzas horadar este vapor, esta esponja, deslizarme a través de las mallas inertes y blandas. Luego, extenuada, abandono. Me acuesto boca abajo. Me tiendo, renuncio.
Pero siempre vuelve, de nuevo se apodera de mí la nostalgia de este grito, de su espera nebulosa y apremiante. ¿Acaso no soy nada sin él? ¿No dejo de ser yo misma sin esta llamada?
No sé de dónde procede, de dónde asciende. ¡Pero surgirá una y otra vez! Brotará, se alzará en mí. Volverá a ponerme de pie, y yo me aferraré a ella.
Retendré ese deseo surgido del fondo de mi carne. Lo abrazaré hasta su cumplimiento.
" El crimen
Lucy ha ascendido tres millones de años para alcanzarme. Y para asediarme.
Con estos medios lamentables trata de obtener acceso a nuestro tiempo. Exige su lugar como antecesora en el umbral de este segundo milenio que nos obsesiona. Este año 2000 cuya medida infinitesimal y formalista nos debería parecer, en realidad, irrisoria y tendría que provocar más bien comentarios jocosos.
Pero así estamos hechos, y todo lo que nos concierne adquiere una importancia superior.
En nosotros, Lucy habrá descubierto una larga escucha, una inmensa espera. Lucy se introduce en nuestras existencias a través de mil puertas abiertas de par en par. No careciendo de ese orgullo que - ya lo he dicho- caracteriza a nuestra raza aún supuesta, asumo la tarea de desembarazarnos de esta criatura disparatada. Esta criatura híbrida que, de nacimientos en nacimientos, nos arrastrará a nuestro singular y desastroso destino. En este día (¿habrá quedado marcado al fuego mi despertar por una noche de pesadilla?), percibo de él, sobre todo, el espanto, las angustias, la atrocidad.
En este amanecer soy sólo aversión, repulsión, rechazo.
Destruiré a Lucy antes de que ella nos destruya. " (...)
Oculta en la espesura del tiempo, perdida en la oquedad de los milenios, suspendida a veces de las ramas de un árbol, voy y vengo, y llamo. Trato de hacerme oir, de aproximarme.
¿Quién ha de oírme? ¿A qué he de acercarme? Me arrastra un deseo, un grito me lanza fuera de mí misma, al encuentro de las edades. Trato de encontrar, de encontrarte, allí, tan lejos, a millones de años. A ti, mi niña de otro tiempo.
Cuando miro el horizonte, todo se empaña, fuera y dentro. Existo a la vez en límites estrictos y en lo fláccido, lo pastoso. Floto y me agito en una extraña fungosidad. Intento con todas mis fuerzas horadar este vapor, esta esponja, deslizarme a través de las mallas inertes y blandas. Luego, extenuada, abandono. Me acuesto boca abajo. Me tiendo, renuncio.
Pero siempre vuelve, de nuevo se apodera de mí la nostalgia de este grito, de su espera nebulosa y apremiante. ¿Acaso no soy nada sin él? ¿No dejo de ser yo misma sin esta llamada?No sé de dónde procede, de dónde asciende. ¡Pero surgirá una y otra vez! Brotará, se alzará en mí. Volverá a ponerme de pie, y yo me aferraré a ella.
Retendré ese deseo surgido del fondo de mi carne. Lo abrazaré hasta su cumplimiento.
***
Más tarde, mucho más tarde, mis discordancias concordarán, mis disonancias entrarán en armonía, mis chillidos se articularán, mis gritos se convertirán en palabras. Más tarde, mucho más tarde, nuestros caminos se harán eco.
Los ligamentos de mis rodillas se tensarán, las palmas de mis manos se apartarán del suelo, mi espina dorsal se estirará. La caja de mis vértebras se levantará, arrastrando a los riñones, las caderas.
Por fin, de pie. Por primera vez: de pie, iniciaré mi larga marcha... La que anuncia a todos los hombres.
A todos los hombres, he dicho, ¡a todos! Los de aquí, los de otros lugares, los de todos los mañanas. Los que esperan que yo llegue a ser para poder ser de ellos. Los que para existir esperan que yo exista.
A mí, tan lejana, tan incompleta, me ha sido dada la posibilidad de abrir una brecha, de trazar hacia vosotros un camino que me supera.
Penetrada de un fulgor secreto, animada por pulsiones, por impulsos que se desplazan de mi sangre a mi cabeza y a mis miembros en turbios remolinos fulgurantes, poseo el don de ser el comienzo, el fundamento de vuestra humanidad." (...)
***
" El crimen
Lucy ha ascendido tres millones de años para alcanzarme. Y para asediarme.
Con estos medios lamentables trata de obtener acceso a nuestro tiempo. Exige su lugar como antecesora en el umbral de este segundo milenio que nos obsesiona. Este año 2000 cuya medida infinitesimal y formalista nos debería parecer, en realidad, irrisoria y tendría que provocar más bien comentarios jocosos.
Pero así estamos hechos, y todo lo que nos concierne adquiere una importancia superior.
En nosotros, Lucy habrá descubierto una larga escucha, una inmensa espera. Lucy se introduce en nuestras existencias a través de mil puertas abiertas de par en par. No careciendo de ese orgullo que - ya lo he dicho- caracteriza a nuestra raza aún supuesta, asumo la tarea de desembarazarnos de esta criatura disparatada. Esta criatura híbrida que, de nacimientos en nacimientos, nos arrastrará a nuestro singular y desastroso destino. En este día (¿habrá quedado marcado al fuego mi despertar por una noche de pesadilla?), percibo de él, sobre todo, el espanto, las angustias, la atrocidad.
En este amanecer soy sólo aversión, repulsión, rechazo.
Destruiré a Lucy antes de que ella nos destruya. " (...)
***
"El deseo
El termino de esta larga marcha, la encuentro, escondida a media altura de su acacia; en el lugar donde las ramas son más robustas.
El grupo da vueltas al árbol varias veces, y luego, renunciando a esperarla, se aleja.
La impasibilidad de Lucy los desalienta y los empuja hacia otros caminos más animados. Abandonan a su suerte a esta extraña y disparatada criatura que con demasiada frecuencia se complace en alejarse del grupo, en adoptar extrañas posiciones.
Así se condena a largos períodos de soledad y exilio. Pero, probablemente, los busca.
Acurrucada en el entramado de las ramas en plena foliación, la reconozco. Es ella, Lucy; no cabe duda.
Me resulta familiar su insumisión; incluso esta forma de distanciarse de la acción que se está desarrollando para dar paso a algo más íntimo, más secreto." (...)
Andrée Chedid, Lucy. La mujer vertical, Barcelona, Seix Barral, 1999. ISBN 9-788432-219320
...
"En esta novela, Lucy, la primera mujer del mundo, habla. Cruza el tiempo desde el día de su aparición sobre la tierra. Sobrevuela millones de años, las estaciones de una vida, los siglos venideros, y da voz a la primera madre de la Humanidad. A veces encogida por la emoción y otras, por el panico."
Editorial, Lucy, La mujer vertical.
miércoles, 6 de octubre de 2010
DAVA SOBEL
" Dava Sobel narra la historia del científico y relojero escocés John Harrison, un genio solitario cuyos logros fueron rechazado por la élite científica de su tiempo, pero que consiguió resolver un problema aparentemente imposible: descubrir un método que permitiera a los marineros determinar la longitud exacta de su posición en el mar. No se trataba de ninguna curiosidad excéntrica: antes de descubrir la longitud, los barcos solían desviarse tanto de su rumbo que los marineros morían de inanición o de escorbuto antes de haber alcanzado ningún puerto. La intensa búsqueda de una solución al problema de la longitud duró cuatro siglos en todo el continente europeo. El relojero Harrison, genio de la mecánica y pionero de la ciencia de la medición exacta del tiempo con aparatos portátiles, dedicó su vida a esta investigación. Inventó lo que Newton temía que fuera imposible: inventó un reloj que, cual llama eterna, llevaba la hora exacta desde el puerto de origen hasta cualquier rincón remoto del planeta."
Editor, sobre Longitud, 1995
"Sólo alguien con el backround de Dava Sobel tanto en psicología como en astronomía [ejerce su profesión como periodista científica en las páginas de ciencia de The New York] podía haber escrito un libro así. Longitud es una historia maravillosa, maravillosamente narrada."
Diane Ackerman
...
"Cuando John Harrison llegó a Londres, en el verano de 1730, no encontró al Consejo de Longitud por ninguna parte. Aunque aquel insigne organismo existía desde hacía más de quince años, no tenía sede oficial. Aún más sus miembros nunca se habían reunido.
Tan carente de interés y tan mediocres eran los proyectos que ser remitían al Consejo que sus miembros se limitaban a enviar cartas de rechazo a los inventores. Ni una sola de las soluciones propuestas había parecido suficientemente prometedora como para que cinco miembros - el mínimo requerido por el Decreto de la Longitud para que hubiera quorum - se hubiesen molestado en reunirse con el fin de discutir seriamente los méritos de un método en concreto.
Si embargo, Harrison conocía la identidad de uno de los integrantes más famosos del Consejo de la Longitud - el gran Edmond Halley -, por lo que se encaminó al Real Observatorio de Greenwich decidido a verle. (...) Apreciado por la mayoría, amable con sus subordinados, Halley dirigía el observatorio con sentido del humor. Contribuyó indeciblemente al lustre de la institución con sus observaciones de la Luna y el descubrimiento del movimiento exacto de las estrellas, incluso si es cierto lo que se cuenta sobre la noche en que Pedro el Grande y él se divirtieron como dos colegiales montados en una carretilla que empujaban por turnos entre los setos. Halley recibió cortésmente a Harrison (...)."
Dava Sobel, Longitud, Barcelona, Anagrama, 2006. ISBN 9-788433-972699
Editor, sobre Longitud, 1995"Sólo alguien con el backround de Dava Sobel tanto en psicología como en astronomía [ejerce su profesión como periodista científica en las páginas de ciencia de The New York] podía haber escrito un libro así. Longitud es una historia maravillosa, maravillosamente narrada."
Diane Ackerman
...
"Cuando John Harrison llegó a Londres, en el verano de 1730, no encontró al Consejo de Longitud por ninguna parte. Aunque aquel insigne organismo existía desde hacía más de quince años, no tenía sede oficial. Aún más sus miembros nunca se habían reunido.
Tan carente de interés y tan mediocres eran los proyectos que ser remitían al Consejo que sus miembros se limitaban a enviar cartas de rechazo a los inventores. Ni una sola de las soluciones propuestas había parecido suficientemente prometedora como para que cinco miembros - el mínimo requerido por el Decreto de la Longitud para que hubiera quorum - se hubiesen molestado en reunirse con el fin de discutir seriamente los méritos de un método en concreto.
Si embargo, Harrison conocía la identidad de uno de los integrantes más famosos del Consejo de la Longitud - el gran Edmond Halley -, por lo que se encaminó al Real Observatorio de Greenwich decidido a verle. (...) Apreciado por la mayoría, amable con sus subordinados, Halley dirigía el observatorio con sentido del humor. Contribuyó indeciblemente al lustre de la institución con sus observaciones de la Luna y el descubrimiento del movimiento exacto de las estrellas, incluso si es cierto lo que se cuenta sobre la noche en que Pedro el Grande y él se divirtieron como dos colegiales montados en una carretilla que empujaban por turnos entre los setos. Halley recibió cortésmente a Harrison (...)."
Dava Sobel, Longitud, Barcelona, Anagrama, 2006. ISBN 9-788433-972699
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