domingo, 12 de junio de 2011
jueves, 24 de marzo de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
Desde el mar...
| San Antonio, Valdivia |
Era una pequeña caja de madera. Apenas un poco más grande que los jugueteros regalados por Tante Katerine cuando los niños de la familia enfermaban de peste cristal. La caja fue transportada desde el muelle de Valdivia a la intendencia de Pelchuquín por Albert Thater, quien llegó con ésta en su Ford Roadster rompiendo con el toldo las ramas de los árboles y tocando escandalosamente la bocina. El sol del mediodía calentaba las cuadras, el gallinero y parte de la huerta. La brisa se enroscaba entre los álamos del camino y sobre las aguas del río en donde flotaban unos patos adormilados. Al escuchar el automóvil por el camino de los aromos, Félix se apresuró a salir a la terraza y olvidó el saco en la percha. Era tanto el calor que la etiqueta berlinesa bien podía relajarse en el verano chileno. Cuando el viejo Albert le saludó solemne con un fuerte choque de tacones, Félix intuyó que el hombre era portador de una noticia formidable. El visitante entró al salón, y Guacolda, quien le había visto llegar desde una ventana de la cocina, le ofreció una silla. Carlos Kätz, un primo lejano, acercó a su lado la suya. Félix cerró las puertas del salón y dejó abierta de par en par la ventanería de la terraza trasera a través de la cuál se veía muy a lo lejos el campanario de la iglesia en San José de la Mariquina
- ¿Qué se sabe de Luisa, don Alberto? - preguntó Kätz mientras prendía un puro y le cubría de una corriente de aire con su sombrero panamá.
- Lo mismo, nada después de la tormenta. Esa hermana tuya – suspiró Albert Thater dirigiéndose a Félix -.Y ahora esta caja que está a tu nombre.
“Esa afortunada hermana mía” pensó Félix, mientras recorría la última persiana y desaparecía detrás de ésta la iglesia construida por su padre medio siglo antes a la manera de las viejas capillas suabas
- ¿Dice que en agosto se envió la caja? ¿Por qué habrá tardado tanto tiempo en llegar? - preguntó.
- El registro quedó en la aduana de Valparaíso - respondió Albert Thater acercando sus lentes como lupas a la tapa de la caja -. En Corral sólo se tiene el dato de que la caja fue enviada desde Hamburgo por la señorita Fanny Logan – dijo tras unos segundos de reflexión.
- ¿Te escribió Luisa sobre esta mujer? ¿Quizás en la última carta que te envió desde? ¿De dónde? - preguntó Carlos Kätz quien siempre manifestaba su preocupación por los asuntos de la familia Schell.
- Ceilán. No, no me suena para nada. Iré por unas pinzas. ¿Un trago don Alberto?
Félix prendió la bombilla y bajó las escaleras del sótano con una extraña sensación en el estómago. Dos años atrás había recibido desde Colombo un sobre con el sello de la Oficina Postal General de esa ciudad en el que Luisa enviaba una foto de ella acompañada por un hombre de estatura baja vestido con un traje claro. Querido Félix, le había escrito al reverso, mi amiga Fanny Logan ha sacado esta foto en Colombo. El caballero es el señor Gerd Meems y estamos en la calle York. Te la envío junto con mi incondicional cariño. Ten la seguridad de que todo estará bien. Al principio no le dio mayor importancia a la nota, pero después pasaron unos meses y luego otros, y un día recibió un telegrama de la German North Lloyd Company en Adén donde se notificaba la desaparición de Luisa. Nunca se le vio descender de un barco, el Fulda, tras días de tormenta en el Mar de Adén durante la travesía de Colombo a Crater, y ninguna embajada europea o americana en el puerto árabe tenía noticias de ella. Se carece de una explicación subrayaba el telegrama que además, no proporcionaba el nombre de quien había solicitado esa investigación.
Las insensatas ideas eran la especialidad de Luisa.
Una tarde de otoño, tres años atrás, ella extendió frente a la nariz de Félix el colorido afiche de la compañía de viajes trasatlánticos Hamburg Süd de Chile. La proa del Capitán Polonio rompía unas olas de policromía brillante sobre las cuales flotaban los nombres Buenos Aires, Montevideo, Santos, Río de Janeiro, Lisboa, Vigo, Bolonia, Hamburgo.
-Me voy- le confesó con emoción. Sus mejillas estaban rojas. Tan rojas como la compota del frasco que se quedó sin cerrar en las manos de Félix.
Después fue cosa de unas cuantas semanas. Parecía como si ella hubiera pensado en todo, tiempo atrás. Quizás desde la muerte de Francisco, se figuró Félix, o desde la partida de Theo. En todo caso, Luisa había hecho planes en silencio y él, creyendo saber todo de su hermana, no se había enterado de cosa alguna.
- ¿Qué pasa Félix? - le preguntó Guacolda, extrañada al encontrarle parado en la mitad de la escalera.
- Nada. Que por un momento creí necesitarla, ¿puedes creerlo? Pero ya estoy bien.
Carlos Kätz servía “cola de mono” por segunda vez en la copa de Albert Thater cuando Félix regresó a la sala. La caja se abrió con la primera presión de la pinza. La viruta en el interior se descomprimió liberada de la presión del embalaje. Félix la removió y extrajo un pequeño documento de no más de unos quince por veinte centímetros, encuadernado con una pasta de cartón verde y al que dio vueltas entre sus manos. Entonces miró a los dos hombres que se veían tan perplejos como él y se encogió de hombros.
- ¡Ábrele!, ¿pero qué te pasa?- intervino Carlos con impaciencia.
Anna tocó la puerta. Entró con una tetera y panes untados con mantequilla recién sacados del horno. Al ver la caja abierta sobre la mesa interrogó a Félix con la mirada. Anna era una mujer discreta y tenía la extraña capacidad de enmudecer en los momentos adecuados; de hecho, pensaba ella, así había logrado salir airosa de la mayoría de las crisis vitales.
Félix hojeó el cuaderno. Treinta y dos hojas escritas en alemán.
- Martes, febrero de 1925. Mi querido hermano. Fue siempre mi deseo poder conocer el bello mundo y el destino hizo que se cumpliera mi anhelo - leyó.
- ¿Es una carta?- preguntó Albert que se había acercado a su costado.
- Son todas cartas. Miércoles, febrero de 1925. El barco no para de oscilar y la pequeña cama de este camarote no es suficiente para la trayectoria que toma mi cuerpo... ; Jueves, febrero de 1925. Tuve una casa en Adén..; Viernes...Fanny Logan pasó unas horas de esta tarde en mi camarote. Nadie sube ya al comedor y como las ganas de comer son pocas con el mareo, la tripulación se ha dividido para traernos a nuestros camarotes algunos bocadillos y agua...
- Están fechadas hace dos años. ¿No hay ninguna más reciente? - comentó Carlos Kätz.
- Sábado, febrero 1925... No entiendo - dijo Félix limpiándose el sudor de la cara con un pañuelo y cerrando de golpe el cuaderno - . Mil perdones, pero iré a tomar un poco de aire. ¡Esto es tan inesperado! - y salió del salón con el documento.
El silencio se apoderó del espacio.
- ¿No hay algo más en el interior de la caja que explique este envío?- preguntó Anna tras beber un poco de té y colocarse al lado de Albert .
Carlos revolvió la viruta de un lado para otro y sacó puñados de ésta. Finalmente movió negativamente la cabeza y metió con frustración las manos en los bolsillos.
- Creo que es momento de que me retire- dijo Albert - . Anna, cualquier cosa que lleguen a saber de Luisa me lo harás saber ¿no es cierto? Veré en el puerto que puedo indagar de ésta señorita Logan. Kätz, ¡hasta pronto!
Albert Thater salió al pórtico y mientras subía al Ford Roaster alcanzó a ver a lo lejos que Félix caminaba rumbo al río con una fusta en la mano cortando a diestra y siniestra las hojas de los aromos."
Johanna Lozoya, Cartas de Adén, cap. I, 2009
jueves, 30 de diciembre de 2010
FLEUR JAEGGY
" A mi padre lo conocía poco. Una vez, durante las vacaciones de Pascua, me llevó consigo a un crucero. El barco estaba atracado en Venecia. Se llamaba Proleterka. Proletaria. Durante años, el motivo de nuestros encuentros fue una procesión. Participábamos los dos. Habíamos desfilado juntos por las calles de la ciudad del lago. Él con un tricornio en la cabeza. Yo con el traje típico, el Tracht, y la cofia negra ribeteada de encaje blanco. Los zapatos de charol negro con la hebilla de gorgorán. El delantal de seda sobre el vestido rojo, un color tras el que acechaba un violeta oscuro. Y el corpiño de seda adamascada. En una plaza, sobre un rimero de maderas, ardía un muñeco. El Böögg. Hombres a caballo galopan en círculo alrededor del fuego. Redoblan los tambores. Se alzan los estandartes. Despedían el invierno. A mí me parecía estar despidiendo algo que no había tenido nunca. Me atraían las llamas. Ocurrió hace mucho tiempo.
Mi padre, Johannes H., formaba parte de una hermandad, una Zunft. Había ingresado de estudiante. Había escrito un informe titulado Qué ha hecho y qué hubiera podido hacer la Hermandad durante la guerra. La hermandad a la que pertenecía Johannes se fundó en 1336. La noche anterior se celebró el baile para los niños. Una gran sala abarrotada de trajes típicos y de risas. Deseaba que todo se acabara. Quizá Johannes también. No me gustaban los bailes. Y quería despojarme del traje. La primera vez que participé en la procesión ( aún no iba a la escuela) me metieron en un palanquín azul turquesa. Por la ventanilla saludaba a los niños que contemplaban la procesión desde la acera. Cuando los portadores me posaron sobre el suelo, abrí la portezuela y me marché. No tenía pensado escapar. No era rebelión, sino puro instinto. Una atracción por lo desconocido. Vagué por la ciudad horas y horas. Hasta el agotamiento. Me encontró la policía. Y me entregaron a mi legítimo propietario, Johannes. Fue una lástima. Dadas las circunstancias, una relación más profunda entre padre e hija era una posibilidad muy remota. Observar y callar. Los dos caminan en procesión. No se cruzan ni una sola palabra. Al padre le cuesta mantener el paso al ritmo de las marchas musicales. Dos sombras, una se mueve lentamente, con un visible esfuerzo. La otra es más inquieta. Avanzan en filas de cuatro. Junto a ellos una pareja, el hombre lleva el uniforme militar, la mujer, el traje típico. Siguen el paso, avanzan majestuosos, altivos, erguidas las cabezas. De noche, a veces, con los párpados cerrados, vuelvo a ver cómo arde el muñeco. El redoble de los tambores cada vez más marcial, con un sonido ulterior. Al cabo de dos días, dejaba a Johannes en una habitación de hotel. Mi visita había tocado a su fin. (...)
Los niños se desinteresan de los padres cuando se les abandona. No son sentimentales. Son pasionales y fríos. En cierto modo algunos abandonan los afectos, los sentimientos, como si fueran cosas. Con determinación, sin tristeza. Se vuelven extraños. A veces enemigos. Ya no son ellos los seres abandonados, sino quienes se baten mentalmente en retirada. Y se marchan. Hacia un mundo oscuro, fantástico y miserable. Y, sin embargo, a veces simulan felicidad. Como un ejercicio de funámbulos. Los padres no son necesarios. Hay pocas cosas necesarias. Algunos niños se las arreglan solos. El corazón, cristal incorruptible. Aprenden a fingir. Y el fingimiento se convierte en la parte más activa, más real, tan atractiva como los sueños. Ocupa el lugar de los que consideramos verdadero. Quizá sea sólo eso: algunos niños tienen el don del desapego.
Padre e hija están delante del barco. Parece un buque militar. Brilla la estrella roja en lo alto de la chimenea. Miro enseguida la inscripción Proleterka. Ennegrecida, con manchas de herrumbre, olvidada. Una inscripción regia. Es la hora en que declina el día. El buque es grande, oculta el sol que está a punto de caer al agua. Es oscuro: pez y misterio. Se ha salvado de la intemperie, de los naufragios, un barco pirata construido como una fortaleza. Subimos la escalerilla. Los oficiales nos esperan. Somos los últimos. A Johannes le cuesta subir, un oficial le ayuda. Nos muestra el camarote. Pequeño. Allí dormiría con Johannes. Las dos camas, una sobre la otra. Tendré que dormir arriba. El Proleterka zarpa a las dieciocho horas. Dulcemente, se desliza sobre el agua. Un sonido bronco precede a la partida. Un sonido de adiós. No se puede volver atrás. Miro desde la portilla. Me pregunto cómo me las arreglaría para salir, para entrar en el mar, si quisiera marcharme como Martin Eden. "
Fleur Jaeggy, Proleterka, Barcelona, Tusquets, 2004.
...
Fleur Jaeggy, nacida en Zurich, vive en Milán. Autora de reconocido prestigio y traducida a diversas lenguas. Proleterka (galardonada con el Premio Viareggio 2002, el premio Donna Città di Roma 2001, el Premio Vailate Alberico Sala 2001 y el Premio Vittorini 2002), es un breve relato de un viaje iniciático en el que Jaeggy revive la distante y extraña relación entre un padre y su hija. "Con su prosa, que logra penetrar como una hoja afilada en la zona secreta donde se esconden las emociones, Jaeggy ha cosechado los elogios de grandes escritores, entre ellos Susan Sontag: "Fleur Jaeggy es una escritora maravillosa, brillante, salvaje. La admiro profundamente." "
Editorial
miércoles, 15 de diciembre de 2010
JANE BOWLES
"Alva Perry era una mujer seria y reservada de ascendencia escocesa y española; tenía poco más de cuarenta años. Aún era guapa, pese a tener las mejillas demacradas. En particular, sus ojos eran de una belleza y una claridad extraordinarias. Vivía en casa de su tío, que se había dividido en apartamentos, o en cuartos de alquiler, como seguían denominándose en aquella parte de la región. La casa se elevaba en la empinada ladera de la colina boscosa que daba a la carretera general. Una larga escalera de cemento ascendía hasta la mitad de la loma, terminando poco antes de llegar a la casa. En un principio conducía a una central eléctrica, destruida tiempo atrás. La señora Perry había vivido sola en su cuarto desde la muerte de su marido, ocurrida once años antes; sin embargo, encontraba pequeños quehaceres para estar ocupada durante todo el día, y en cierto modo seguía siendo tan hacendosa en su soledad como un ama de casa entregada a su familia.
John Drake, una persona igualmente reservada, ocupaba el cuarto debajo del suyo. Era dueño de su camión y trabajaba por su cuenta para compañías madereras, así com recogiendo y repartiendo cántaros de leche para una vaquería.
En todos los años que habían vivido en la casa de la ladera, el señor Drake y la señora Perry sólo se habían dirigido saludos de lo más escueto.
Una noche, el señor Drake oyó desde el vestíbulo los sonoros pasos de la señora Perry que, de manera inconsciente, había aprendido a reconocer. Alzó la vista y la vio bajar las escaleras. Llevaba un abrigo marrón que había pertenecido a su difunto esposo, y apretaba una bolsa de papel contra su pecho. El señor Drake se ofreció a ayudarla con la bolsa y ella titubeó, indecisa, en el descansillo.
- Sólo son patatas - le explicó -, pero se lo agradezco mucho. Voy a asarlas fuera, en la parte de atrás. Hace tiempo que tenía intención de hacerlo.
El señor Drake cogió las patatas y, con paso envarado, cruzó la puerta trasera y bajó la cuesta hasta llegar a un pequeño terreno raso que hacía las veces de patio en la parte posterior de la casa. (...)La señora Perry siguió al señor Drake, le dio las gracias y empezó a recoger ramitas con movimientos rápidos entre la linde de los árboles y la pocilga, cerca de la cual iba a preparar la fogata. (...)- ¿Le gustan los placeres sencillos, corrientes? - le preguntó al fin [la señora Perry], en tono grave.
El señor Drake sintió un gran alivio de que ella hubiese hablado, y su rubor cedió.
- Seria mejor que me diera una idea más clara de lo que entiende usted por placeres sencillos, y entonces yo le diría lo que me parecen - respondió solemnemente, haciendo una pausa cada pocas palabras, porque era tan concienzudo como tímido.
- Placeres sencillos - empezó a explicar la señora Perry tras dudar un poco-, como los que se obtienen sin estar entre mucha gente o con comidas historiadas. - Se estrujó el cerebro buscando más ejemplos-. Placeres sencillos como estas patatas asadas, en vez de bailes, whisky y orquestas... Como una merienda campestre, pero no de esas con mil cosas superfluas que acaban tirándose a una zanja porque no se comen. He visto tirar tartas a personas mayores porque sentían demasiada pereza para envolverlas y llevárselas otra vez a casa. ¿Ha visto usted esas cosas?
- No, creo que no- repuso el señor Drake.
- Se desperdician muchas cosas - observó la señora de Perry.
- Pues a mí me gustan los placeres sencillos - dijo el señor Drake, deseoso de que su interlocutora no perdiera el hilo de la conversación. (...)
- Me marcho - dijo [el señor Drake]-, pero a cambio de las patatas, ¿le gustaría cenar conmigo en un restaurante mañana por la noche?
Hacía muchos años que no le habían hecho una invitación de ese tipo, puse se había apartado deliberadamente de la vida de la ciudad, y no sabía qué responderle.
- ¿Cree que debería hacer algo así? - preguntó.
El señor Drake le aseguró que debía hacerlo, y ella aceptó su invitación. (...)
La señora Perry cerró tras ella la puerta del restaurante y recorrió toda la estancia, atisbando en cada reservado en busca de su acompañante. Por lo visto, no había llegado todavía; de manera que eligió un cubículo vacío y se sentó en el banco de madera. (...) Llamó a la camarera y le pidió chuletas de cerdo; entonces llegó el señor Drake. La saludó con una sonrisa tímida. (...) El señor Drake recordó con intenso placer la patata asada delante del fuego, y sintió mucha más emoción de lo que había imaginado al volver a ver a la señora Perry.
Lamentablemente, la mujer no parecía impulsada a comunicarse con él, y al cabo de muy poco tiempo el camionero guardó silencio. Durante la primera parte de la cena, comieron sin decirse nada. El señor Drake había pedido una botella de vino dulce, y cuando la señora Perry terminó el segundo vaso, rompió a hablar.
- Me parece que en los restaurantes le engañan a uno.
A John Drake le gustó que hubiera hecho algún comentario, aunque fuese poco cortés. (...)
- ¿A qué hora pasa el autobús por aquí? - pregunto [la señora Perry] con una voz que ya era notablemente alta.
- Si realmente quiere saberlo, me puedo enterar. ¿Hay alguna razón por la que quiera saberlo en este momento?
- Tengo que irme a una hora conveniente para levantarme mañana temprano.
- Pues no faltaba más, cuando quiera marcharse la llevaré a casa en el camión, pero confío en que no quiera irse todavía.
Se inclinó hacia delante y estudió inquieto el rostro de la mujer.
- Tengo que ir a casa de todos modos - le contestó con displicencia -, y lo mismo da ahora que luego. (...)"
Jane Bowles, Placeres sencillos, 1966
Jane Bowles, Dos damas muy serias & Placeres sencillos, prólogo de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 2010. ISBN 978-84-339-7589-8
...
" Debe de hacer siete u ocho años desde que vi por última vez a esa leyenda moderna llamada Jane Bowles, y tampoco he sabido nada de ella, al menos directamente. Pero estoy seguro de que no ha cambiado; de hecho, algunos viajeros que han estado recientemente en el norte de África, y que la han visto o se han sentado con ella en algún sombrío café de la kasba me han dicho, y estoy seguro, que Jane, con su cabeza como dalia, con su corto pelo rizado, su nariz respingona y sus ojos de un brillo malicioso, y algo alocados, con esa voz suya tan original (un áspero soprano), sus ropas de muchacho, su figura de colegiala y su leve cojera, es más o menos la misa que era cuando yo la conocía hace más de veinte años: ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos, y sin embargo con una sustancia más fría que la sangre corriendo por sus venas, y con un ingenio y una sabiduría excéntrica que ningún niño, ni siquiera el más extraño wunderkind, haya poseído jamás".
Truman Capote
" A pesar de su escasísima obra narrativa - tan sólo la novela Dos damas muy serias y el libro de relatos Placeres sencillos -, la figura de Jane Bowles ("esa leyenda moderna", como la calificó Truman Capote) se ha ido agigantando en los últimos tiempos, convirtiéndose en una "figura de culto" en el mundo anglosajón y en sus diversas traducciones. Su prestigio entre los mejores escritores de su tiempo se remonta a los inicios mismos de su carrera literaria, cuando publicó Dos damas muy serias, saludada por Tennessee Williams como "mi libro favorito" y por alan Sillitoe como "un hito en la literatura norteamericana del siglo XX".
Editor Anagrama
- Si realmente quiere saberlo, me puedo enterar. ¿Hay alguna razón por la que quiera saberlo en este momento?
- Tengo que irme a una hora conveniente para levantarme mañana temprano.
- Pues no faltaba más, cuando quiera marcharse la llevaré a casa en el camión, pero confío en que no quiera irse todavía.
Se inclinó hacia delante y estudió inquieto el rostro de la mujer.
- Tengo que ir a casa de todos modos - le contestó con displicencia -, y lo mismo da ahora que luego. (...)"
Jane Bowles, Placeres sencillos, 1966
Jane Bowles, Dos damas muy serias & Placeres sencillos, prólogo de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 2010. ISBN 978-84-339-7589-8
...
" Debe de hacer siete u ocho años desde que vi por última vez a esa leyenda moderna llamada Jane Bowles, y tampoco he sabido nada de ella, al menos directamente. Pero estoy seguro de que no ha cambiado; de hecho, algunos viajeros que han estado recientemente en el norte de África, y que la han visto o se han sentado con ella en algún sombrío café de la kasba me han dicho, y estoy seguro, que Jane, con su cabeza como dalia, con su corto pelo rizado, su nariz respingona y sus ojos de un brillo malicioso, y algo alocados, con esa voz suya tan original (un áspero soprano), sus ropas de muchacho, su figura de colegiala y su leve cojera, es más o menos la misa que era cuando yo la conocía hace más de veinte años: ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos, y sin embargo con una sustancia más fría que la sangre corriendo por sus venas, y con un ingenio y una sabiduría excéntrica que ningún niño, ni siquiera el más extraño wunderkind, haya poseído jamás".
Truman Capote
" A pesar de su escasísima obra narrativa - tan sólo la novela Dos damas muy serias y el libro de relatos Placeres sencillos -, la figura de Jane Bowles ("esa leyenda moderna", como la calificó Truman Capote) se ha ido agigantando en los últimos tiempos, convirtiéndose en una "figura de culto" en el mundo anglosajón y en sus diversas traducciones. Su prestigio entre los mejores escritores de su tiempo se remonta a los inicios mismos de su carrera literaria, cuando publicó Dos damas muy serias, saludada por Tennessee Williams como "mi libro favorito" y por alan Sillitoe como "un hito en la literatura norteamericana del siglo XX".
Editor Anagrama
martes, 30 de noviembre de 2010
MALIKA MOKEDDEM
"El reencuentro con las altas mesetas solitarias le sirvió de consuelo. Su austeridad y silencio se adaptaban perfectamente a su amargura. Pero había necesitado alejarse y distanciarse para darse cuenta de la gran influencia que ejercían sobre él. Había tenido que vivir en ciudades muy pobladas como El Cairo o Alejandría para comprobarlo. Allá, a pesar de la distancia, a pesar del canto tranquilizador del mar, el hermano gemelo más clemente del desierto, a pesar de los años que agrandaban el espacio, la inmensidad de las mesetas rompía contra él, como los golpes del viento de arena acres y tórridos. Gracias al amor que le brindaban, él renacía todos los días. Y en medio de las muchedumbres bulliciosas de Oriente Medio, el silencio de sus tierras se fundía a veces con su razón como si montara guardia contra cualquier traición posible, como una oración de fuego que soldara su memoria.
Así, su ausencia había estado marcada por la de las altas mesetas, y volvió a encontrarlas a imagen de la melancolía que habían forjado en él: tristes e infinitas, inundadas de luz. Entonces tuvo una revelación fantástica y llegó a un umbral. Lograba salir de países, de tormentos, pero no entraba en ninguna parte. Sólo era un vigía, un agrimensor. Las extensiones que se ofrecían a él no eran sino aliento luminoso, lugar de paso, escenario de encuentros, de separaciones y de partidas. Los seres valerosos y combativos no temían mostrar allí la mayor debilidad, es decir, también eran capaces de amar.
El caballo, orgullo de los desfiles, convivía con el camello que, aun siendo su paso más lento y terco, derramaba en la imaginación de los hombres la borrachera de sus recorridos. El beduino trocaba allí sus propios productos y los que traía del Norte por géneros africanos del hombre azul, regueibat o tuareg. Allí estaba la puerta del desierto para los primeros y la del Tel para los últimos. Hasta la enorme diferencia de temperaturas reflejaba esta dualidad. Los días tenían las llamas del desierto, las noches del invierno ganaba a las del Norte en heladas. En realidad, era el territorio de la espera, de los descansos. Las búsquedas no podían saciarse allí. Las caravanas no podían detenerse más que para hacer un alto. Un espacio tan sublime e incómodo como la lucidez. Por eso de Jaider a Ain Sefra, las endechas sólo loaban el honor herido, la amistad o el amor imposible o azotado por el abandono inevitable. Las altas mesetas eran una hendidura, una "ninguna parte" de verdad. Mahmud sólo se reconocía entre el sedentario y el nómada, entre el mundo oral, la jovialidad de los cuentos y el hechizo solitario de la escritura, entre huida y rebelión, en la conjunción de las cosas complementarias, en el punto de ruptura de los contrarios...Las dualidades le agradaban. (...)
Temiendo que se convierta en una tirana y lo domine por completo, Mahmud se vacía de la parte egoísta e introvertida de su sufrimiento. La preocupación por su hija siempre acaba por anteponerse a su propio dolor. Lo más urgente es intentar curar a Yasmina del mal que la aflige. La ha incitado a soñar, la ha mecido con cuentos, le ha dado plantas curativas, distintas tisanas, la ha purgado con coloquíntidas del desierto...Incluso ha recurrido a una sangría practicada por un jeque docto y piadoso. Nada ha dado resultado. Entonces, para desplazarse más rápidamente, vende el rebaño y, guiado por sabios consejos, él, que suele despreciar toda práctica oculta, decide llevar a Yasmina a un curandero de renombre.
- Tu hija está habitada por un yinn sordomudo - pontifica el maestro brujo -. Uno de los más perniciosos, pues el hombre no tiene ningún poder frente a ellos. Sin embargo, con el tiempo y la observación, encontraré su punto débil. Encontraré la manera de ponerme en contacto con él. Sólo entonces podré imponerle mi ley y obligarlo a marcharse. Intentaré conseguirlo con el mínimo coste, pero para eso, tendréis que quedaros aquí, cerca de mí, el tiempo necesario - dice el hombre cuyo prestigio no le deja confesar su incapacidad. (...)
Yasmina sufre por su incapacidad, sobre todo cuando se encuentran con otros nómadas. Su soledad, la de su padre y la suya, "sin tribu y sin madre", resulta tan anómala en la organización de los clanes de la vida nómada... Los demás niños la asaltan cada vez con montones de preguntas. El silencio de Yasmina despierta aún más la curiosidad; perciben su tesón como una agresión que provoca insultos e invectivas. (...)
En el transcurso de los meses y los años, el tiempo, que inocentemente se desgrana a medida que avanzan los pasos y las historias, trabaja solapadamente para aportar el olvido, primer jalón de la muerte. (...) Su vida misma hace de ellos seres especiales en este duro mundo nómada de las altas mesetas. Su presencia constante en los mercados de la región intriga: un padre que dicen sigue siendo viudo y que cuida de su hija como una madre, y una hija, una hartania, una hartania magnífica que mira a los hombres con dureza, no concede una palabra a nadie y no se comunica con su padre más que por escrito. Ambos avivan la curiosidad de la gente y alimentan los rumores en el polvo de los mercados."
Malika Mokeddem, El siglo de las langostas, México, Biblioteca Era, 2003. ISBN 9-789684-115545
....
" Ésta es una novela hermosa y terrible, en que varias décadas de historia y gran parte de la geografía de Argelia se despliegan con extraordinaria fuerza. Los personajes de esta novela intentarán escapar a su camino fijado por las costumbres, la sociedad, el odio heredado y la violencia loca que los persigue. Su complejo itinerario pasa por la angustia de la persecución, el rencor y el dolor, y también por la ternura, el disfrute del mundo, la dignidad."
Malika Mokkeddem nació en Kenadsa, en el desierto occidental de Argelia. El siglo de las langostas obtuvo el Premio Afrique Méditerranée Maghreb de la Asociación de Escritores en Lengua Francesa.
domingo, 21 de noviembre de 2010
BEATRIZ PRECIADO
5. La celda posdoméstica: el apartamento para el soltero urbano
" Ésta podría ser la divisa con la que Playboy emprende en los años cincuenta una tarea de transformación social: si quieres cambiar a un hombre, modifica su apartamento. Como la sociedad ilustrada creyó que la celda individual podía ser un enclave de reconstrucción del alma criminal, Playboy confió en el apartamento del soltero como nicho de fabricación del nuevo hombre moderno. En el artículo "Playboy´s Penthouse Apartment: A High Handsome Haven-pre-planned and furnished for the Bachelor in Town", publicado en 1956, la revista presentaba el apartamento de soltero como un teatro virtual en el que el antiguo hombre aprendía las técnicas del juego del conejo - representado por un hombre maduro pero destinado, en realidad, a un lector adolescente -. Aquí el apartamento no era un mero decorado interior, sino una auténtica máquina performativa de género, capaz de llevar a cabo la transformación del antiguo hombre en playboy. El apartamento funcionaba como un espacio de aprendizaje en el que el hombre ciervo podía familiarizarse con la ética juguetona del conejo a través del manejo de una serie de dispositivos giratorios destinados a resaltar el carácter flexible, circular y reversible de las rígidas normas de género, sexuales, sociales y políticas que dominaban la sociedad americana de la posguerra. Tanto el diseño arquitectónico del apartamento, como los mecanismos visuales, los muebles o electrodomésticos del ático de soltero de 1956 pretendían funcionar como aparatos conversores que permitían transformar incesantemente el trabajo en ocio, desvestir lo vestido, humedecer lo seco, hacer que lo homosexual fuera heterosexual, lo monógamo polígamo, transformar lo negro en blanco y viceversa. Se trataba, por supuesto, de un juego sin riesgos y con posibilidad de vuelta a casa. Además, el juego no era una red libre de relaciones ni un sistema totalmente abierto, sino un ejercicio contenido y seguro que permitía suspender durante un tiempo, y al menos de forma imaginaria, la validez moral de las normas sociales que pesaban sobre la caduca subjetividad masculina del hombre ciervo americano de mediana edad. Esta suspensión moral producía, más allá de la estricta masturbación sexual a la que invitaban tímidamente las imágenes, una plusvalía erótica que alimentaba la emergente subjetividad del conejo. El éxito de Playboy consistía en situar al frustrado lector masculino suburbano americano, todavía participante de las lógicas de consumo y el ocio de la economía de posguerra y cómplice de las estructuras sociales de segregación de género, clase y raza, en la posición de jugador, dándole por un momento la posibilidad de gozar de la transgresión moral para invitarle, después, a retomar su vida de ciervo trabajador y volver a su casa y a su césped. (...)
El apartamento (no el playboy) funciona como una máquina que, con igual eficacia, atrae mujeres y se deshace después de ellas. Gracias a la adaptabilidad de los artefactos del piso, garantes de la mecanización del flirteo, el soltero puede permitirse por primera vez una actitud frívola con las mujeres. Basta con que la invitada penetre en ese ático para que cada mueble y objeto de diseño se despierte y funcione como una trampa que facilitará el disfrute de lo que la revista llama "sexo instantáneo". Los gadgets y artilugios mecánicos transforman los viejo métodos de caza del venado en las nuevas formas de administrar el sexo propios del habilidoso conejo playboy. (...)
El ático de soltero funciona al mismo tiempo como una oficina y como una casa de citas. Superposición curiosa de un nuevo espacio de producción del capitalismo, la oficina, y de un antiguo espacio de producción y consumo sexual, el prostíbulo. Esta superposición pornotópica será aún más intensa y literal en la Mansión Playboy."Beatriz Preciado, Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en "Playboy" durante la guerra fría, Barcelona, Anagrama, Colección Argumentos, 2010.
...
"En plena guerra fría, el joven Hugh Hefner crea lo que pronto se convertiría en la revista para adultos más vendida del mundo: Playboy. Lo que el público desconoce en su pionera labor como artífice de las casas del placer: Playboy no era simplemente una revista de chicas con o sin bikini, sino un vasto proyecto arquitectónico-mediático que tenía como objetivo desplazar la casa heterosexual como núcleo de consumo y reproducción proponiendo frente a ésta nuevos espacios destinados a la producción de placer y capital.
Beatriz Preciado es filósofa. Colabora en la emergencia de la teoría queer en Francia, y forma parte del grupo de escritores de "Le Rayon Gay". Es también autora de Testo Yonqui y Terror Anal, así como de numerosos ensayos en revistas como Multitudes y Parallax. "
Editor, Anagrama
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