jueves, 17 de noviembre de 2011

NADINE GORDIMER

"Lorrie no quería que yo fuera y no sabía cómo decirlo. Debido a mi trabajo, los dos hemos vivido en varias partes del mundo, y en cada una de ellas siempre ha habido algo que temer. Gángsters, grupos políticos extremistas de derecha y de izquierda, lanzamientos de bombas en restaurantes, secuestros, atracos, un apagón urbano o un temblor de tierra. Hace mucho tiempo que ambos hicimos un pacto con nosotros mismos, respecto a la vida. La vida es peligrosa. Hemos vivido con eso; con la certeza de que el miedo es el único asesino real. Nunca hemos recurrido a rejas de acero en nuestras puertas ni hemos tenido miedo a caminar por las aceras. Hemos conseguido criar libres a nuestros hijos; con las naturales preocupaciones. Pero en los últimos meses había habido una serie de accidentes aéreos bastante inesperados: un error del piloto, carencia del control de radar debido a la huelga del personal de tierra, la posibilidad de la presencia de un pasajero a bordo con la espada de Damocles no sobre su cabeza sino en forma de explosivos ocultos en la suela del zapato. ¿Quien tiene la caja negra definitiva que registre todo eso? Y tan sólo una semana antes, dos personas murieron en un tiroteo mientras hacían cola para facturar su equipaje en el mostrador de unas líneas aéreas. Por lo general la noche antes de marcharme hacemos el amor, por la mañana doy un beso a los niños y todos aceptamos con naturalidad que hablaremos por teléfono en el momento en que me permitan usar mi móvil en la terminal, a mi llegada. Que hablaré con Lorrie, por lo menos, aunque sea de noche para ella y para mí de día. Se ha convertido en una costumbre tan arraigada como la de ir todos los días a la oficina de la empresa para la que trabajo. 
- ¿Por qué has dejado que Isa reservara billetes en esa compañía?
Lorrie sabe que mi secretaria organiza mis viajes con una eficiencia perfecta. 
- ¿Por qué no iba a hacerlo? Está muy claro. Es la mejor compañía para llevarme a donde tengo que ir. 
- Pero ese país pertenece a... Entre todos los conflictos que ... Justo en estos días. 
- Por el amor de Dios, sabes cómo son las medidas de seguridad justo en estos días. De todas maneras, las aerolíneas de ese país no están metidas en ninguna guerra entre India y Pakistán, Israel, Palestina... , o lo que se te ocurra. ¿Desde cuándo nos ha entrado el miedo a volar, querida? - dije citando (si la memoria no me engaña) el título de un libro que habíamos leído en tiempos. 
- No es eso, no es nada que tú, ... que nosotros sepamos. 
Pero ha captado lo que yo estaba diciéndole en realidad: ¿desde cuándo hemos de representar la aburrida escena convencional de la esposa cuando el maridito se va de viaje, desde cuándo temblamos de miedo, tú y yo, delante de la vida tal como es?
Y entonces dice algo con esa forma suya ( uno de los motivos por los que la amo) de descartar de un plumazo mi paternalista insinuación de que se está comportando como una esposa convencional. 
- Nunca sabes de quién eres enemigo.
- ¿De qué estás hablando? No soy enemigo de nadie. 
- Al subir a un avión te conviertes en uno. La insignia de la aerolínea está pintada en la cola. El logotipo de su nacionalidad.  ..."

Nadine Gordimer, "Medidas de seguridad", en Beethoven tenía algo de negro, Barcelona, Brugera, 2007.

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"Hubo un tiempo en que había negros que querían reivindicarse como blancos. Ahora es un blanco quien se reivindica como negro. Y por las mismas razones", escribe Nadine Gordimer en Beethoven tenía algo de negro, el cuento que da título a este volumen en el que la escritora sudafricana, galardonada con el premio Nobel en 1991, presenta una serie de historias cuyos protagonistas viven inmersos en los problemas y contradicciones del mundo actual. Con fino sentido del humor y profundidad humana, Gordimer logra dar forma al ámbito personal y político alrededor del que giran las tramas de estos cuentos escritos con pasión y sabiduría". 


domingo, 6 de marzo de 2011

NELL KIMBALL

"MI ÚLTIMA CASA
Al mirar hacia atrás en mi vida, y es la única manera en que puedo mirarla ahora, nada de ella salió de la manera en que la mayoría de la gente hubiera querido vivirla. Y aunque empecé a los quince años en Saint Louis en una buena casa, sin planes, deseando únicamente como toda puta joven ponerme en cuclillas para ganarme algo de comer y de vestir, terminé como una mujer de negocios, y me convertí en una madame de casa de citas, que reclutó y disciplinó putas, que atendió lugares de lujo. Siempre me he preguntado, también, por qué sucedió todo de esa forma. Ahora puedo decirlo: si alguna vez llegué a tener remordimientos, nunca tuve arrepentimientos. 
Cuando atendía mi último prostíbulo de Nuevo Orleans, justo antes de retirarme, estaba tan orgullosa del lugar, sus huéspedes y chicas, como podía estarlo J. P. Morgan dirigiendo Wall Street o Buffalo Bil - generalmente borracho con bourbon - en un caballo blanco disparando bolas de vidrio al aire para el público de su espectáculo. 

Ojalá tuviera fotos de mi última casa. Los huéspedes podrían decir que nunca vieron mejor gente en ningún otro lugar de la ciudad. Había puesto puro cristal de Venecia en los mecheros de gas y cortinas de terciopelo color rojo sangre que llegaban hasta el suelo, y tenía ocho chicas que yo misma escogí, algunas de lugares tan remotos como Saint Louie y San Francisco, y dos mulatas altas a las que llamaba españolas, y a nadie le importaba un comino lo que eran, después de que que subían para remojar el bizcocho o hacer un sesenta y nueve. 
Amueblar una casa de citas, y yo monté más de tres antes de retirarme en 1917, requiere de algo de sentido común y mucha sensibilidad para la comodidad del cliente, sus hábitos y pequeñas manías. Daba solamente la mejor comida y tenía una cocinera, Lacey Belle, que estuvo conmigo por muchos años. Ella hacía todas las compras, y dos negros cargaban las cosas frescas mientras ella las compraba. Lacey Belle podía cocinar a la francesa, y podía cocinar al estilo Jim Brady o americano, pero nunca les servíamos a los huéspedes comida de mala calidad o mal hecha. Los cubiertos y los platos eran pesados y buenos. El vino venía en botellas sucias con las etiquetas apropiadas para los johns que sabían lo que querían. No todos los hombres que van a un putero son fanáticos del coño. A menudo se trata de hombres solos en busca de contacto humano, aun cuando tienen que pagar por él. (...)

Nunca compartí la idea de que las putas tienen un corazón de oro y nunca rechacé a una chica porque fuera nerviosa y voluble, lo que después llamaron neurótica. A veces eran las mejores putas. Si una madame no puede lidiar con las chicas, mejor que se salga del negocio. Las chicas hacen o deshacen una casa y necesitan una mano firme. Había que estar atenta a las lesbianas, y mientras que no me importaba que las chicas hicieran buenas migas y compartieran habitación para jugar con sus clítoris, si llegaba a encontrar un consolador, sabía que se habían pasado de la raya. Las chicas que se vuelven libertinas entre ellas no satisfacen a los johns porque están demasiado ocupadas en sí mismas. (...)

Al principio dirigí una casa de lujo de veinte dólares con putas bonitas y limpias. De ahí, los precios bajaban hasta los congales de quince centavos para negros. El pago de mordidas de protección a la gente adecuada era lo que los mantenía abiertos y funcionando. 
Así eran la mayoría de mis jornadas en cualquiera de las casas que dirigí. Y generalmente eran buenas y transcurrían así, y no como los prostíbulos de libros y obras de teatro y posteriormente de películas. Nunca se mostró en ellos realmente una casa de citas, sólo ideas que los hombres se hacen de éstas, la idea que el cliente promedio tiene sobre personas de las que no sabe un carajo; excepto en los sueños que supuestamente teníamos que volverles realidad. (...)

DE DONDE VENGO
" Toda chica está sentada sobre su fortuna, si tan solo lo supiera", solía decir mi tía Letty cuando yo tenía ocho años. (...). Mi verdadera educación llegó cuando fui una puta y una madame, al hablar con los huéspedes educados, pues muchos hombres van a una casa de citas simplemente para beber y charlar. había noches en que los huéspedes simplemente se quedaban sentados, pasándose las licoreras de bourbon, y hablando de política, dinero, historia, la escaramuza vil del gobierno, la grandeza de la democracia como una esperanza. Ésa es la forma en que fui educada, y fue muy buena, por cierto. Hay buenas mentes entre los hombres que van a ciertos prostíbulos, si es una casa de lujo y si los huéspedes se sienten a gusto y cómodos en ella. Podría decir que mi universidad fue un prostíbulo."

Nell Kimball, Memorias de una madame americana, México, Sexto Piso-CONACULTA, 2006

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"Es imposible no asombrarse del poder narrativo y de la aguda inteligencia que posee Nell Kimball, la mujer que escribió Memorias de una madame americana. Y decimos mujer porque no era una escritora...era una puta. Sin embargo, su narración es un velo que opaca los balbuceos de aquellos que se hacen llamar escritores. Kimball nos va narrando su vida, la vida de una puta, al mismo tiempo que esparce indavertidamente un esplendente mosaico de sabiduría. A diferencia de los politólogos y sociólogos de hoy en día, Kimball sí logra penetrar en el tejido social, dejándonos con la boca abierta ante su inusitada lucidez. Pero a fin de cuentas no es de extrañar. Desde el momento en que nos dice sin rodeos que ser una puta no es una fatalidad, sino una decisión y, sobre todo, una vocación, todo comienza a tener sentido. "

Nell Kimball nació en una pequeña granja de Illinois en 1845 y murió en Florida en 1934. Stephen Longstreet recibió el manuscrito de estas memorias en 1932, pero no fue publicado hasta casi cuarenta años después.

Sexto Piso


miércoles, 26 de enero de 2011

Desde el mar...




I

San Antonio, Valdivia
" Félix Schell salió a las puertas del Fundo de San Antonio a recibir una encomienda enviada desde Hamburgo el Año Nuevo de 1927.
Era una pequeña caja de madera. Apenas un poco más grande que los jugueteros regalados por Tante Katerine cuando los niños de la familia enfermaban de peste cristal. La caja fue transportada desde el muelle de Valdivia a la intendencia de Pelchuquín por Albert Thater, quien llegó con ésta en su Ford Roadster rompiendo con el toldo las ramas de los árboles y tocando escandalosamente la bocina. El sol del mediodía calentaba las cuadras, el gallinero y parte de la huerta. La brisa se enroscaba entre los álamos del camino y sobre las aguas del río en donde flotaban unos patos adormilados. Al escuchar el automóvil por el camino de los aromos, Félix se apresuró a salir a la terraza y olvidó el saco en la percha. Era tanto el calor que la etiqueta berlinesa bien podía relajarse en el verano chileno. Cuando el viejo Albert le saludó solemne con un fuerte choque de tacones, Félix intuyó que el hombre era portador de una noticia formidable. El visitante entró al salón,  y Guacolda, quien le había visto llegar desde una ventana de la cocina, le ofreció una silla. Carlos Kätz, un primo lejano, acercó a su lado la suya.  Félix cerró las puertas del salón y dejó abierta de par en par la ventanería de la terraza trasera a través de la cuál se veía muy a lo lejos el campanario de la iglesia en San José de la Mariquina 
- ¿Qué se sabe de Luisa, don Alberto? - preguntó Kätz mientras prendía un puro y le cubría de una corriente de aire con su sombrero panamá.
- Lo mismo, nada después de la tormenta. Esa hermana tuya – suspiró Albert Thater dirigiéndose a Félix -.Y ahora esta caja que está a tu nombre.
“Esa afortunada hermana mía” pensó Félix, mientras recorría la última persiana y desaparecía detrás de ésta la iglesia construida por su padre medio siglo antes a la manera de las viejas capillas suabas
- ¿Dice que en agosto se envió la caja? ¿Por qué habrá tardado tanto tiempo en llegar?  - preguntó.
- El registro quedó en la aduana de Valparaíso - respondió Albert Thater acercando sus lentes como lupas a la tapa de la caja -. En Corral sólo se tiene el dato de que la caja fue enviada desde Hamburgo por la señorita Fanny Logan – dijo tras unos segundos de reflexión.
- ¿Te escribió Luisa sobre esta mujer? ¿Quizás en la última carta que te envió desde? ¿De dónde? - preguntó Carlos Kätz quien siempre manifestaba su preocupación por los  asuntos de la familia Schell.
-  Ceilán. No, no me suena para nada. Iré por unas pinzas. ¿Un trago don Alberto?
Félix prendió la bombilla y bajó las escaleras del sótano con una extraña sensación en el estómago. Dos años atrás había recibido desde Colombo un sobre con el sello de la Oficina Postal General de esa ciudad en el que Luisa enviaba una foto de ella acompañada por un hombre de estatura baja vestido con un traje claro. Querido Félix, le había escrito al reverso,  mi amiga Fanny Logan ha sacado esta foto en Colombo. El caballero es el señor Gerd Meems y estamos en la calle York. Te la envío junto con mi incondicional cariño. Ten la seguridad de que todo estará bien. Al principio no le dio mayor importancia a la nota, pero después pasaron unos meses y luego otros, y un día recibió un telegrama de la German North Lloyd Company en Adén donde se notificaba la desaparición de Luisa. Nunca se le vio descender de un barco, el Fulda, tras días de tormenta en el Mar de Adén durante la travesía de Colombo a Crater, y ninguna embajada europea o americana en el puerto árabe tenía noticias de ella. Se carece de una explicación subrayaba el telegrama que además, no proporcionaba el nombre de quien había solicitado esa investigación. 
Las insensatas ideas eran la especialidad de Luisa.
Una tarde de otoño, tres años atrás, ella extendió frente a la nariz de Félix el colorido afiche de la compañía de viajes trasatlánticos Hamburg Süd de Chile. La proa del Capitán Polonio rompía unas olas de policromía brillante sobre las cuales flotaban los nombres Buenos Aires, Montevideo, Santos, Río de Janeiro, Lisboa, Vigo, Bolonia,  Hamburgo.
-Me voy- le confesó con emoción. Sus mejillas estaban rojas. Tan rojas como la compota del frasco que se quedó sin cerrar en las manos de Félix.
Después fue cosa de unas cuantas semanas. Parecía como si ella hubiera pensado en todo, tiempo atrás. Quizás desde la muerte de Francisco, se figuró Félix, o desde la partida de Theo.  En todo caso, Luisa había hecho planes en silencio y él, creyendo saber todo de su hermana, no se había enterado de cosa alguna.

- ¿Qué pasa Félix? - le preguntó Guacolda, extrañada al encontrarle parado en la mitad de la escalera.
- Nada. Que por un momento creí necesitarla, ¿puedes creerlo? Pero ya estoy bien.
Carlos Kätz servía “cola de mono” por segunda vez en la copa de Albert Thater cuando Félix regresó a la sala. La caja se abrió con la primera presión de la pinza. La viruta en el interior se descomprimió liberada de la presión del embalaje. Félix la removió y extrajo un pequeño documento de no más de unos quince por veinte centímetros, encuadernado con una pasta de cartón verde y  al que dio vueltas entre sus manos. Entonces miró a los dos hombres que se veían tan perplejos como él y se encogió de hombros.
San Antonio, Valdivia
- Está escrito Reiseerinnerungen en la portada – dijo.
- ¡Ábrele!, ¿pero qué te pasa?- intervino Carlos con impaciencia.
Anna tocó la puerta. Entró con una tetera y panes untados con mantequilla recién sacados del horno. Al ver la caja abierta sobre la mesa interrogó a Félix con la mirada. Anna era una mujer discreta y tenía la extraña capacidad de enmudecer en los momentos adecuados; de hecho, pensaba ella,  así había logrado salir airosa de la mayoría de las crisis vitales.
Félix hojeó el cuaderno. Treinta y dos hojas escritas en alemán. 
- Martes, febrero de 1925. Mi querido hermano. Fue siempre mi deseo poder conocer el bello mundo y el destino hizo que se cumpliera mi anhelo - leyó.
- ¿Es una carta?- preguntó Albert que se había acercado a su costado.
- Son todas cartas. Miércoles, febrero de 1925. El barco no para de oscilar y la pequeña cama de este camarote no es suficiente para la trayectoria que toma mi cuerpo... ; Jueves, febrero de 1925. Tuve una casa en Adén..; Viernes...Fanny Logan pasó unas horas de esta tarde en mi camarote. Nadie sube ya al comedor y como las ganas de comer son pocas con el mareo, la tripulación se ha dividido para traernos a nuestros camarotes algunos bocadillos y agua...
- Están fechadas hace dos años. ¿No hay ninguna más reciente? - comentó Carlos Kätz.
- Sábado, febrero 1925...  No entiendo - dijo Félix limpiándose el sudor de la cara con un pañuelo y cerrando de golpe el cuaderno - . Mil perdones, pero iré a tomar un poco de aire. ¡Esto es tan inesperado! - y  salió del salón con el documento.
El silencio se apoderó del espacio.
- ¿No hay algo más en el interior de la caja que explique este envío?- preguntó Anna tras beber un poco de té y colocarse al lado de Albert .
Carlos revolvió la viruta de un lado para otro y sacó puñados de ésta. Finalmente movió negativamente la cabeza y metió con frustración  las manos en los bolsillos.
- Creo que es momento de que me retire- dijo Albert - . Anna, cualquier cosa que lleguen a saber de Luisa me lo harás saber ¿no es cierto? Veré en el puerto que puedo indagar de ésta señorita Logan. Kätz, ¡hasta pronto!
Albert Thater salió al pórtico y mientras subía al Ford Roaster alcanzó a ver a lo lejos que Félix caminaba rumbo al río con una fusta en la mano cortando a diestra y siniestra las hojas de los aromos."

Johanna Lozoya, Cartas de Adén, cap. I, 2009